La Reme









Conocí a la Reme cuando teníamos doce o trece años, y me enamoré de ella a los dos segundos, más o menos. Lo que tardó en mirarme. Y hasta hoy, treinta años después.



Ella llevaba puesto un chandal verde, imitación de Adidas, y zapatillas Kelme con cierres de velcro. Usaba gafas y aparatos correctores en los dientes, pero ya tenía la mirada que tuvo siempre, la que me cortaba la respiración. Bueno, a mí y a cualquiera. Hasta a las tías.



Nuestros padres veraneaban juntos en una urbanización pobretona, y nos pasábamos las vacaciones colándonos en la piscina y persiguiendo lagartijas, con mi primo, que era gilipollas, y los hermanos de la Reme. Por aquel entonces la Reme ya tenía muy mala hostia. Era la que mandaba, y punto.




Se casó con mi primo, el gilipollas, a los 19 años. Mi primo le pegó un día, a la Reme. Ella le iba grande, y a él le volvían loco los celos. La Reme esperó a que se quedara dormido, le partió el cráneo con un busto de granito de la Virgen de Montserrat , que era un recuerdo del día de su boda, y lo tiró por el balcón. A mi primo, digo. Aquello trajo cola, claro, pero como el gili de mi primo decía que tenía depresiones coló lo del suicidio.




La Reme se metió a modelo y le perdimos el rastro. Se fue a París, y todo eso. Hasta salió en alguna revista. Aún tengo las fotos.



A los dos o tres años se casó con un actor de cine francés que tenía la misma cara de gilipollas que mi primo. La Reme era muy suya, para estas cosas. Al cabo de un año el tío apareció ahogado en la piscina. Se había dado con golpe con el trampolín, dijeron.



A los dos años coincidimos en la boda de su hermano. Se había retirado del asunto de la moda y había abierto un bar de copas. Cuando me miró y me reconoció con una sonrisa casi me meo encima. Seguía siendo la misma a pesar de que tenía ya 35 tacos, con su cara de ángel cabreado. La tía aún no podía soltar dos frases seguidas sin cagarse en los muertos del Papa, y tenía una voz que parecía que hubiera estado haciendo gárgaras con gasolina. Pero aún era la tía más guapa que he conocido en mi vida. Allí, en la boda, me contó lo de su marido. Lo de mi primo, digo. No es que me lo confesara por un tema de culpa, ni nada, es que creía que yo merecía saberlo. Al fin y al cabo era mi primo, aunque fuera un gilipollas. De paso me contó lo del francés. De trampolín nada, fue con un palo de golf. Un swing con efecto drive en el puto medio de la sien. El gabacho le había soltado un sopapo, también.



Aquella tarde bebimos un montón y hablamos de los viejos tiempos. Ella estaba muy quemada con los tíos, mucho. Hablamos y bebimos sin parar, y a última hora se me quedó mirando de una forma muy rara, sonriendo con mucha dulzura. Aún me parece verla, con la cabeza apoyada en la palma de la mano y los ojos brillantes. De repente se levantó, me cogió de la mano y se me llevó al lavabo de las tías. Allí se arremangó la falda, me sentó en la taza del vater y se me puso encima. Me acarició la cabeza todo el rato, y me besaba en la sien. A veces hablaba en francés, y al final se puso a llorar. Yo me di cuenta de lo triste que estaba, y me dio mucha pena a pesar de que yo creía estar en medio de uno de mis sueños. Os juro que hubo un momento que estaba convencido de que iba a despertar en mi cama, y me daba tanta pena que también me puse a llorar.




Yo, desde luego, nunca le he puesto la mano encima. Ni a ella ni a los críos. Es una tía cojonuda, y yo la quiero un montón.



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