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La Reme









Conocí a la Reme cuando teníamos doce o trece años, y me enamoré de ella a los dos segundos, más o menos. Lo que tardó en mirarme. Y hasta hoy, treinta años después.



Ella llevaba puesto un chandal verde, imitación de Adidas, y zapatillas Kelme con cierres de velcro. Usaba gafas y aparatos correctores en los dientes, pero ya tenía la mirada que tuvo siempre, la que me cortaba la respiración. Bueno, a mí y a cualquiera. Hasta a las tías.



Nuestros padres veraneaban juntos en una urbanización pobretona, y nos pasábamos las vacaciones colándonos en la piscina y persiguiendo lagartijas, con mi primo, que era gilipollas, y los hermanos de la Reme. Por aquel entonces la Reme ya tenía muy mala hostia. Era la que mandaba, y punto.




Se casó con mi primo, el gilipollas, a los 19 años. Mi primo le pegó un día, a la Reme. Ella le iba grande, y a él le volvían loco los celos. La Reme esperó a que se quedara dormido, le partió el cráneo con un busto de granito de la Virgen de Montserrat , que era un recuerdo del día de su boda, y lo tiró por el balcón. A mi primo, digo. Aquello trajo cola, claro, pero como el gili de mi primo decía que tenía depresiones coló lo del suicidio.




La Reme se metió a modelo y le perdimos el rastro. Se fue a París, y todo eso. Hasta salió en alguna revista. Aún tengo las fotos.



A los dos o tres años se casó con un actor de cine francés que tenía la misma cara de gilipollas que mi primo. La Reme era muy suya, para estas cosas. Al cabo de un año el tío apareció ahogado en la piscina. Se había dado con golpe con el trampolín, dijeron.



A los dos años coincidimos en la boda de su hermano. Se había retirado del asunto de la moda y había abierto un bar de copas. Cuando me miró y me reconoció con una sonrisa casi me meo encima. Seguía siendo la misma a pesar de que tenía ya 35 tacos, con su cara de ángel cabreado. La tía aún no podía soltar dos frases seguidas sin cagarse en los muertos del Papa, y tenía una voz que parecía que hubiera estado haciendo gárgaras con gasolina. Pero aún era la tía más guapa que he conocido en mi vida. Allí, en la boda, me contó lo de su marido. Lo de mi primo, digo. No es que me lo confesara por un tema de culpa, ni nada, es que creía que yo merecía saberlo. Al fin y al cabo era mi primo, aunque fuera un gilipollas. De paso me contó lo del francés. De trampolín nada, fue con un palo de golf. Un swing con efecto drive en el puto medio de la sien. El gabacho le había soltado un sopapo, también.



Aquella tarde bebimos un montón y hablamos de los viejos tiempos. Ella estaba muy quemada con los tíos, mucho. Hablamos y bebimos sin parar, y a última hora se me quedó mirando de una forma muy rara, sonriendo con mucha dulzura. Aún me parece verla, con la cabeza apoyada en la palma de la mano y los ojos brillantes. De repente se levantó, me cogió de la mano y se me llevó al lavabo de las tías. Allí se arremangó la falda, me sentó en la taza del vater y se me puso encima. Me acarició la cabeza todo el rato, y me besaba en la sien. A veces hablaba en francés, y al final se puso a llorar. Yo me di cuenta de lo triste que estaba, y me dio mucha pena a pesar de que yo creía estar en medio de uno de mis sueños. Os juro que hubo un momento que estaba convencido de que iba a despertar en mi cama, y me daba tanta pena que también me puse a llorar.




Yo, desde luego, nunca le he puesto la mano encima. Ni a ella ni a los críos. Es una tía cojonuda, y yo la quiero un montón.



Diario de un caníbal




Caníbal 1.
El Inicio





Sucumbí a mi destino de forma espontánea e inesperada, como ocurren las mejores cosas que nos pasan en la vida. Yo debía tener unos 17 años. Fue en una playa de Fuerteventura, a mediodía. Kilómetros de arena pálida y solitaria.






T.C. acababa de salir del agua, y la sal había empezado a cristalizar en su piel. Respiraba acompasadamente, cansada por el esfuerzo de haber nadado. Antes de acomodarse en la toalla me había sonreído. De repente me acarició el brazo con las yemas de los dedos. Su piel mojada estaba muy fría. Tenía la otra mano sobre los ojos para protegerse del sol y poder mirarme. La atmósfera era tan resplandeciente que parecía irreal. Yo estaba sentado, abrazándome las rodillas. "¿Estás bien?", preguntó, sonriente. Yo la quería mucho. Me incliné para besarla en los labios, apoyando la mano en la arena ardiente, pero en el último momento vi una gota de agua deslizándose por su cuello bronceado. Era una gota brillante y perfecta, bellísima. La recogí con la lengua, y el sabor salado me estimuló las papilas gustativas. Me conmovió pensar que aquella gota de agua contenía una minúscula parte del sudor que había fluído de sus poros mientras caminaba hacia mi. Sus fluidos orgánicos, que eran una parte de ella. Me tragué la gota, y después succioné muy despacio con los labios, creando el vacío contra su piel. Ella se rió, y mientras la yema de mi dedo índice se deslizaba por su piel, resbaladiza y tibia, supe que esta vez no podría parar. Abrí los ojos y me cercioré de que aún estábamos solos en medio de aquel verano. Después le metí la lengua en la boca y me abandoné a mi destino.






Yoko (Caníbal 2)


Resulta difícil imaginar el aspecto de una moza japonesa cuyo oficio sea ejercer la prostitución, al menos inicialmente. Me refiero, por supuesto, al caso de que uno carezca de referencias directas. Yo recordaba vagamente que confundir a una geisha con una prostituta era una grosería de notable gravedad, y recordaba también que los japoneses son un tanto vehementes cuando se les ofende, lo cual, por otro lado, no es difícil, pues sus rituales y protocolos son de lo más complejo y ceremonioso. Que son puntillosos y tienen mala ostia, para entendernos.
Enseguida te vienen a la cabeza escenas de meñiques seccionados, japos con gafas de sol que sacan una pistola de la sobaquera y ese tipo de cosas.
La primera imagen que me formé, por lo tanto, fue la de una señorita de poca estatura enfundada en un rígido kimono, caminando a pasitos muy cortos mientras provocaba un rumor de sedas antiguas y venerables. En mi imagen, la dulce muchacha llevaba las manitas ocultas en las mangas y sonreía mucho, aunque llevaba una espada de samurai afilada y reluciente oculta en algún pliegue de la ropa. Su rostro, metódicamente maquillado de un blanco impecable, giraba lateralmente de forma muy graciosa, como una mantis, y de su diminuta boca, pintada como una cerecita sonriente, salían tintineantes advertencias.
Por todo eso, cuando abrí la puerta y Yoko me dio la mano sin dejar de sonreír, como si fuera una azafata bien adiestrada, yo me quedé un tanto desconcertado. Ya me habían advertido que estudiaba derecho internacional, que sólo hablaba inglés, que era muy simpática y que estaba muy solicitada. Yo me había mostrado reticente cuando me informaron de que Carmen, la de siempre, la que sabe lo que me gusta, y cómo y cuando, estaba de vacaciones y que iba para largo. Así que bueno, ahí estábamos. Yoko y yo.
Se guardó el dinero en un diminuto bolso de plástico amarillo, con un gesto muy gracioso de su pequeña mano. "Casa muy bonita, yo gusta", dijo, riéndose. No paraba de reirse, era muy agradable. "Yo empiesa ahola, sí", decidió. Me indicó por gestos que me sentara en el sofá, se colocó unos auriculares diminutos y empezó a bailar, sin demasiada gracia aunque con encomiable entusiasmo, mientras se marcaba un striptís (ahora se escribe así). Casi no me dio tiempo a recuperarme de la sorpresa que me causó el tamaño de sus tetas, porque Yoko, cuando se terminó la canción, se abalanzó sobre mi bragueta como si alguien la hubiera empujado por detrás. Antes de que pudiera recuperarme del sobresalto me había sacado el pájaro y lo estaba cubriendo con un condón de color rosa que olía a chicle de fresa.








Fue como si hubiera metido la polla, por accidente, en el orificio de un aspirador industrial. Yoko enía un estilo entusiasta, por decirlo así, y giraba la lengua alrededor del glande con una pericia y un vigor encomiables. Era una lengua sobrehumana, como un animalito joven y bien adiestrado. Al mismo tiempo me sujetó los huevos con sus deditos delgados, cuyas uñas, larguísimas y pintadas de dibujitos hechos con purpurina, rozaban la piel como una suave amenaza. Tal vez algún cliente, asustado por su estilo vehemente, hubiera intentado escapar sacando la polla de allí.

Yoko hacía un ruidito muy curioso, como de lechoncito mamando, y movía la cabecita adelante y atrás con mucha suavidad. En aquel momento me entró un tremendo arrebato de ternura. Era una chica encantadora, y su pelo olía muy bien, como a jazmín. Antes de correrme le acaricié la nuca. No pude evitarlo. Hacía mucho que no me corría así. Hasta ví estrellitas y me mareé un poco. Yoko se levantó, sonriente y guiñando los ojitos, muy satisfecha. "¿Tu gusta?", dijo. Era una preciosidad. En aquel momento me di cuenta de que no me daba la gana de que se lo hiciera nunca a nadie más. Pensé con cierta ternura lo pequeña y frágil que se vería en el doble fondo de la furgoneta, y tomé nota mental de que debía llevarme el libro de cocina, porque no recordaba la receta de la lengua de vaca a la vinagreta.











Lengua de vaca a la vinagreta:

Hervir una lengua de vaca en abundante caldo con sal y verduras hasta que quede tierna.Retirar del caldo, escurrir y entibiar.





Pelar toda la lengua, y retirar adherencias. (Hay quienes vuelven a darle un hervor luego de sacarle la piel)





Ya limpia, cortar en rodajas finas y preparar la vinagreta con ajo, perejil y huevo duro, bien picaditos, además del aceite y el vinagre. Esta vinagreta cubre las rodajas de lengua, que se colocan en una fuente de vidrio , luego se tapa y se lleva a la nevera hasta poder servir como fiambre.





En ciertas zonas, la salsa se completa con cebolla picada y trocitos de aceitunas.

P.D. Usad un pellizquito de cilantro, es el toque magistral
.



Canibal 3



La mayoría de las mujeres, en el fondo, quieren conquistar al macho dominante de la manada. Eso les da seguridad y prestigio, a ellas y a la prole. Y no me refiero al más chulo. La chulería suele ser sinónimo de inseguridad latente. Pero aparte de eso, algunas mujeres buscan en su pareja a un padre, y otras a un hijo. La mayoría son niñas perdidas o madres frustradas, en mayor o menor grado. Y los tíos igual, o peor. Generalmente mucho peor. Hay pocas personas que estén capacitadas para amar sin involucrar sus neurosis en el asunto. Las madres frustradas acaban cansándose de su papel antes que las niñas perdidas. De hecho, leí que aquello que nos atrae inicialmente de una persona es lo que acaba hartándonos. Es como adoptar un cachorro.


Al principio resulta exótico y entrañable. Incluso estimulante, ya sabéis. Alivia, para entendernos. Pero sólo al principio. Cuando te das cuenta, el cachorro se ha vuelto caprichoso y egoísta. Muy egoísta. Y encima se te quiere follar.

Las que buscan a su padre también suelen cansarse, tanto las que buscan a un padre amable y protector como las que buscan a un padre autoritario. En fin, qué os voy a contar.







C.C. buscaba a un padre cabrón, como el que la había abandonado de pequeña. Me di cuenta enseguida, es una habilidad que tengo, aunque no estoy orgulloso. Percibo las carencias de la gente, es un don con el que nací. Hubiera preferido tener paladar para el vino, uno realmente excepcional, pero qué le vamos a hacer.

A C.C. la seduje dándole lo que ansiaba. Bueno, lo que ella creía que ansiaba. En realidad casi nunca deseamos de verdad lo que creemos que deseamos. Lo que buscamos es aliviarnos de nuestras neuras. Ella quería que volviera su padre. En fin.

Me convertí en su padre, y el día que conseguí llevarla a mi casa le hice uno de mis masajes especiales. Hay que empezar lamiendo los dedos de los pies y después el empeine, e ir subiendo por las pantorrillas, en sentido helicoidal Con las manos bien untadas de crema hidratante le masajeas los músculos, pero los dedos deben ir al mismo ritmo que la lengua. Eso es esencial. Sin prisas. Si hace falta una hora te tiras una hora, pero sin prisas. Recorriendo la piel como una patria reencontrada, o como una peregrinación. Que se note que es hermoso para ti, porque eso se transmite. Es aconsejable detenerse detrás de las rodillas. Para cuando llegas al clítoris se corren enseguida. Las velas y la música suave son indispensables, y también la temperatura elevada en la habitación.



A la pobre C.C. la seduje del todo, aunque no tiene demasiado mérito porque ya os he dicho que nací con ese don y además ella se sentía muy sola, aunque no lo admitía. Ésas son las más fáciles, las que caen antes. Si te conoces a ti mismo no haces tantas gilipolleces, pero si no estás en contacto con tus flancos débiles enseguida te la meten doblada. Hasta la convencí para darle por culo. Adoraba su culo, casi tanto como sus piernas. Creo honestamente que su cuerpo hubiera sido perfecto si hubiera tenido una talla más de busto. Además hacía gimnasia en plan obsesivo, y estaba muy fibrada. Y era muy ágil, una verdadera maravilla. Si al poco tiempo yo no hubiera conocido a B.M. hubiera seguido siendo el padre cabrón de C.C. durante meses.


Cuando se dio cuenta de que me estaba cansando de ella se pasaba el día intentado chupármela para que no me fuera. No era muy hábil, pero le ponía el entusiasmo que fluye del miedo al abandono. Le ponía el alma al asunto, pobre.

Por cierto, ¿sabéis qué parte del cuerpo humano se comen primero los tigres devoradores de hombres? Los glúteos y la parte de atrás de los muslos. Músculos voluminosos y bien fibrados.



P.D.:Si queréis darle un toque maestro a la carne a la plancha, probad a prenderle fuego a una ramita de romero y a ahumar un poco la porción de carne, cuando ya esté cocinada.



B.M. Caníbal 4



B.M. me volvía loco. Era una de las personas más inteligentes que he conocido, y las personas inteligentes me gustan mucho. A muchas me las he comido sólo por eso, por su inteligencia.

Sus padres tenían un montón de pasta y ella se pasaba el día drogada, pero era un auténtico portento.

B.M. No buscaba un padre ni un hijo, era de las que buscan un gato. Sí, ya sabéis, alguien que esté con ellas pero sin dar la lata. Alguien independiente. A B.M. le fastidiaban los llorones, y era un mal asunto porque se pasaba el día follándose tíos que después querían monopolizarla, más que nada para seguir follándosela en plan exclusivo. Le gustaban los de gimnasio, preferiblemente impulsivos, pero sólo para catarlos. No repetía casi nunca, y eso que padecía una especie de furor uterino y se pasaba el día acosando a la gente para acostarse con ella.

Si tenía el día excéntrico se lo hacía con alguna tía, para cambiar de aires.
En fin, yo me convertí en su gato. Ya os conté que tengo un don para percibir las necesidades de la gente. Y sus terrores, claro. A ella le aterrorizaba la soledad, pero no soportaba a la gente. Un caso difícil, si os paráis a pensarlo. En fin.
Tuve que tragar mucho y jugar fuerte, pero al final me convertí en indispensable para ella. Ni os imagináis cómo puede llegar a querer a su gato una persona como B.M., que en el fondo no soportaba a las personas.

Y entonces me volví mezquino y egoista, como los gatos. Un auténtico déspota.

No fue por crueldad, no os vayáis a creer, fue por pura coherencia. Yo ya estaba metido en el papel, y si hubiera actuado de otra forma B.M. se hubiera decepcionado.

Me pasaba el día follándomela. Me encantaba hacérselo por detrás, porque su culo era prácticamete perfecto. Cuanto más a lo bestia se lo hacía más le gustaba a ella. Era la primera vez que un tío la dominaba, y eso la trastornaba. Intentaba ser cruel conmigo y hacerme daño.












Se follaba a un tío al que yo conocía, o se la chupaba a algún amigo común, y entonces yo desaparecía. Al cabo de un par de días ella venía a buscarme, arrastrándose y suplicando, hasta arriba de mescalinas, que era lo que se metía. Peyote mexicano, etiqueta negra. Si es del bueno no crea adicción, y es la droga de los dioses. Hasta los aztecas lo usaban para sus rituales.

En fin, si habéis visto alguna vez a alguien buscando a su gato desaparecido, realmente angustiado, ya me entenderéis si os digo que después de aquellas reconciliaciones eché los mejores polvos de mi vida. Ella se abría para mí como una flor.

Lubricaba tanto que ponía perdido el sofá de cuero, y a veces tenía unas contracciones vaginales tan violentas que hasta me hacían daño en la polla. Yo me volvía loco con ella. Le metía los dedos en el culo y en la boca. Una vez se me fue la mano y estuve a punto de arrancarle una oreja de un mordisco.










Me la follaba constantemente. En el coche, en los ascensores, y hasta en los baños de los bares. Me gustaba apartarle las bragas con los dedos y metérsela, porque notaba en la piel de las manos el calor de su vagina. Una vez me la follé contra el espejo de un probador, en una tienda de ropa cara, y ella se puso tan cachonda que dejó una nube de vaho en el espejo, a la altura de su vagina.


Hasta le di por culo en una playa de Ibiza, con la polla llena de arena, mientras la masturbaba y le susurraba cositas al oído. Versos de Benedetti, sobre todo.








Ella se corría enseguida y después se ponía a llorar, me abrazaba y me acariciaba los cojones con su manita. La verdad es que al final B.M. estaba ya muy mal. Pero me acuerdo mucho de ella, aunque yo sólo fuera un gato egoísta.



Photos by Lycos









Una recomendación para el sofrito: Si añadís una cucharada sopera de paté de foie le daréis un toque estupendo.









Caníbal 5 . La nevera








La llamaban "la nevera".


Nunca supe si era por su corpulencia o porque era cierto que podía tumbar una nevera de una patada. Tampoco tuve huevos de preguntárselo, así que me quedé con la duda.


A Helga y a su prima, que también se llamaba Helga, las conocí en la despedida de soltero de mi amigo Fernando. A mí la que me gustó fue la otra, la Helga pequeña. No es que fuera pequeña, era bastante normal, pero al lado de su prima, de la nevera, parecía un gnomo o algo así. Bueno, ella y cualquiera. La nevera había sido campeona de halterofilia, pero se jodió una rodilla y se metió en el asunto del cine porno y de las despedidas de soltero. Decía que no valía para estar detrás de una mesa. Prefería levantarlas a peso, con su prima encima. Hicieron un número cojonudo, rollo dominanta y tal.

Pero bueno, lo que os decía, a mí me gusto la prima, la pequeña. Le di con disimulo mi número de teléfono y le dije que si quería hacerme un pase privado le pagaría lo que quisiera. Al día siguiente se presentó en casa, con su carita de turista despistada y una minifalda de cuero pasada de moda. El día antes me había puesto tan cachondo que se la metí por detrás en en recibidor mismo, levantándole la faldita, mientras ella se apoyaba en el escritorio de madera de raíz de cerezo que me legó mi madre. No le dio tiempo ni de guardarse en el bolso los 500 euros y ya estaba amorrada contra el espejo, arriba y abajo, aguantando mis empujones.

Al día siguiente empezaron mis problemas, porque apareció la nevera en mi casa. Bueno, venían las dos, aunque yo sólo vi a la pequeña. La nevera estaba a un lado de la puerta para que yo no la viera por la mirilla. Cuando abrí, la nevera me agarró del cogote y me levantó un palmo del suelo. Me dijo algo acerca de haberme follado a su prima con mi polla de maricón, o algo así. No lo entendí muy bien porque ella hablaba un español muy raro y además yo me estaba ahogando. Cuando vio que me estaba poniendo lila y que empezaba a babear me soltó. Me pegó un discurso rarísimo, mientras agitaba el índice delante de mi nariz. Después le pegó una colleja a a enana y la sacó a empujones del piso. Y ahí empezó mi drama. Por lo que entendí, la nevera decidía con quién se acostaba su prima, y me dijo que ahora yo debía hacérmelo con ella y pagarle otros 500. Yo estaba flipando, y además seguía sentado en el sofá intentando tomar aire. La nevera se desnudó sin hacer numerito ni nada y sacó una bata con volantes de una bolsita del supermercado. Después apagó las luces y empezó a bailar.












La verdad es que la tía tenía bastante gracia para moverse y una enorme sensualidad natural. Tenía verdadera disctinción, para entendernos. Y eso no se aprende. Era una mujer muy femenina atrapada en un cuerpo demasiado grande. Aunque una vez desnuda era mucho más proporcionada de lo que me había parecido el día antes. Al final me agarró en brazos, me puso el condón y ella misma se metió la polla sin que yo llegara a tocar el suelo. Me manejaba como si yo fuera un artefacto comprado en una tienda, y eso que peso casi 80 kilos. Fue algo bellísimo. Me abandoné al cataclismo natural, a la fuerza de la naturaleza que era la nevera. Cuando se corrió pegó un grito y me apretó contra sus pechos. Yo acabé llorando de emoción. Nunca me había sentido tan resguardado y tan a salvo con una mujer.


Nos hicimos muy amigos. A mi me gustaba hablar con ella. Me interesaban de verdad sus cosas, porque ella me gustaba de verdad. Nos íbamos al barrio viejo a tomar copas de vino. Me hablaba de sus padres y de su infancia, y al final me tomó mucho afecto. Una vez le partió la mandíbula e un codazo a un segurata que me pegó un empujón. En serio, al tio le quedó la barbilla justo debajo de la oreja.


Las cosas se jodieron por culpa de un peluche. En serio, un peluche. Uno que tenía su prima y que usaba para los numeritos. Era muy grande, y la prima hacía como que se lo tiraba. Eso mi me ponía a cien. Y la prima estaba celosa de la nevera, eso era lo malo. Celosa en plan profesional, quiero decir. Estaba acostumbrada a ser la estrella. En fin, un día la prima apareció en casa con el peluche. Yo aguanté dos minutos justos antes de tirarme sobre ella.



La nevera se enteró, porque su prima le fue con el cuento, claro. Era muy arpía, la enana. Logré salvar la amistad con la nevera, y con la arpía de la enana probé el wok que me regaló mi madre.

Un postre fácil y simpático: Pelad una naranja fría, colocadla en un plato de postre o un tazón y bañadla en chocolate negro fundido. El contraste de temperaturas y sabores es una delicia.















Caníbal 6 (Mi prima Vero)


Mi prima Vero era la tía más cerda que he conocido nunca. En realidad somos primos segundos, pero solíamos pasar los veranos juntos en casa de mis tíos y nos queríamos mucho. Por aquel entonces se nos despertaban ya las hormonas, y se supone que debíamos haber sido nosotros los que la persiguiéramos a ella, que a los 14 años ya estaba buenísima. Al fin y al cabo los chavales tienen como 15 veces más testosterona a los 14 que a los 40. Y sí, es cierto que nos pasábamos el día hablando de tías y haciéndonos pajillas, pero es que mi prima era la leche. Si te descuidabas te acorralaba y te metía mano. Le encantaba tocarnos la pollita. Nos decía "espera, espera", y nos la toqueteaba mientras sonreía con los ojos cerrados.

Un par de veranos después empezó a ir con los chavales del pueblo, de 17 ó 18 años, y fue pasando de nosotros. A veces nos la encontrábamos en una terraza del paseo marítimo, rodeada de chavales que ya tenían moto y que la rodeaban como lobos babosos. A ella le encantaba ponerlos cachondos. Por la noche se la llevaban a la playa.

Yo debía tener como 17 años el día que me prima me pidió que le meara en la cara.









Yo me enamoré de ella, claro.
Después de aquello no volví a verla en mucho tiempo. Ella empezó a dedicarse a lo que le gustaba en plan profesional, se fue a Madrid y pasó de mi y de todos.
Salió en revistas y acabó haciendo alguna peli. "Meadas calientes" es la más conocida, igual os suena.








Conseguí su número y la llamé, una vez que fui a Barcelona. La tía me quiso dar esquinazo, en plan borde. Supongo que ya tenía quien le meara encima. De todas maneras me presenté en su casa con una botella de vino. Tenía una mierda de cerradura, tal y como me había imaginado. Siempre había sido muy agarrada con el dinero. En fin, la verdad es que ni siquiera me caía bien.








Consejo culinario: Probad a cocinar la carne con vino, de vez en cuando. Los romanos solían cocinar con vino en lugar de con aceite, que era mucho más caro. Os sugiero que lo rebajéis con un poco de agua y unas gotas de aceite.








K. T. (Caníbal 7)










K.T. era inglesa, aunque descendiente de daneses. Los vikingos daneses empezaron a hacer incursiones en las islas británicas allá por el siglo IX, y al final las invadieron y se asentaron allí. Hasta hubo un tal Knutt que se cristianizó y fue rey de Inglaterra y de Dinamarca a la vez. Se le conoció como Canuto. Canuto el Grande.



K.T. había nacido en Inglaterra, pero era danesa de pura raza. Los daneses son tipos afables, y su corazón suele funcionar con un ritmo de pulsaciones bastante bajo. Hasta que se cabrean, claro. Cuesta cabrearlos, pero cuando los cabreas se cabrean en serio.


K.T. era un encanto por esa misma razón. Era afable y sosegada. Se tomaba su tiempo para hacer cualquier cosa, desde saborear un café hasta dar un beso. Y para mirar las cosas, sobre todo para eso. Le encantaba concentrarse en sus estímulos sensoriales y tenía predilección por el tacto.



Podía estar una hora acariciando cualquier cosa que le gustara, y una vez se tiró media tarde acostada sobre una piedra porosa porque estaba tibia a causa del sol.



















K.T. estaba enamorada de un italiano. Un tío alto de pelo engominado y barba de dos días. Se vestía muy bien, el cabrón, y era cinturón negro de karate. Tenía malas pulgas, y tal. Era un protomacho, un macho alfa. Genéticamente diseñado para cubrir a las hembras de la manada. K.T. tenía mucha personalidad, pero había decidido someterse a aquel imbécil. Ella era así, muy cerebral incluso para perder la cabeza, y le había elegido a él para que hiciera con ella lo que quisiera. El "amour fou", que decía. K.T. tenía una visión romántica del asunto. El tío acabó pasando de ella y se lió con una azafata belga.



Por aquel entonces K.T. y yo éramos muy amiguetes. Me invitaba a su apartamentito y bebíamos cerveza en silencio hasta que empezábamos a ver doble. Ella aguantaba más que yo, así que casi siempre acababa tapándome con una manta y dejándome dormido en el sofá. A veces me besaba en la frente. Nunca hablábamos mucho. Cuando estaba jodida no le gustaba hablar, pero tampoco le gustaba estar sola. Yo estaba con ella, mirando al suelo y bebiendo cerveza hasta que veía doble. Creo que me enamoré de ella.



Un día, K.T. se fue al apartamento del italiano y empezó a llorarle y a decirle que no podía vivir sin él. Me contó que llevaba un vestido de Prada y guantes de cuero. El italiano no se resistía a las tías vestidas de prada y con guantes de cuero. Mientras el tío se la estaba follando, K.T. le hizo una llave de judo y le aprisionó el cuello con las piernas. Por si no lo sabéis, tardamos unos 15 segundos en perder el sentido si nos cortan el riego sanguíneo que va a la cabeza. Más o menos, porque depende del tamaño del cerebro y de las pulsaciones, aunque cuando te agarran el cuello y te estrangulan lo normal es que te pongas nervioso y se te disparen las pulsaciones. Cuando el italiano se desmayó, K.T. lo tiró por el balcón. El puto italiano acabó con la cabeza incrustada en el techo de un Lancia Delta Integrale. Una pena, porque era un coche cojonudo que ya no se fabrica.K.T. se volvió a poner las bragas sin quitarse los guantes y se dio el piro.Al día siguiente me lo contó todo mientras bebíamos cerveza. Lo hizo para justificarse, porque pensaba volverse a Londres. Yo me puse muy triste. K.T. me caía demasiado bien como para comérmela, así que le pregunté si podíamos acostarnos juntos. Ella me dijo que sí con la cabeza, con los ojillos brillantes, y me di cuenta de que hacía tiempo que tenía ganas y que no se había atrevido a pedírmelo. Nos tiramos horas casi sin movernos, y ella me lamía en el cuello muy dspacito y me acariciaba la cabeza. Me dijo que le gustaba mucho el sabor y el tacto de mi piel. Fue uno de los mejores polvos de mi vida. Al día siguiente la acompañé a Barajas y nos despedimos con un apretón de manos. Mientras desaparecía por la puerta de embarque, con aquel paso tan decidido, casi me arrepetí de no habérmela comido.


Ahora está en Ibiza, creo. A veces me manda postales. Es un cielo de chavala y espero que le vaya muy bien.





Para compensarlo decidí comerme a la azafata belga, aunque eso es otra historia.








Consejo culinario: Probad a cocinar pescado con vino tinto. Romper tabús es de lo más estimulante.












Ceguera


"Ceguera"

Relato erótico
Colaboración de Elefantito



El diagnóstico parecía definitivo: la enfermedad no tenía marcha atrás. Poco a poco iría perdiendo la vista y en tres o cuatro meses como mucho quedaría en la más absoluta oscuridad. Ciego el resto de mi vida. Desde un principio intenté no perder la cabeza, hubiera sido mi perdición, así pues lo acepté como una jugada más del destino. Ciegos los hay en todas partes y estoy seguro que son mayoría los que no desean perder la vida por su condición.

Sin embargo la mayor de mis preocupaciones era ella, perderla para siempre, no conseguir que los años dejaran intacta la memoria de su rostro, de su cara. Olvidar como era significaba para mí la verdadera y auténtica ceguera. Desde muy joven fui consciente de lo endeble de mi memoria, supe valorar en su justa medida el papel de la memoria en la vida del hombre, por eso otorgué una gran importancia a salvaguardar el mayor número de recuerdos posible. De este modo tenía la impresión de no dejar que el tiempo me robara los años vividos: fotografías, cartas, regalos, dibujos, grabaciones. Mi casa estaba abarrotada de recuerdos en un intento desesperado de sobrevivir al tiempo.

Es por esa idea de la memoria que mi primera preocupación cuando el doctor me dio tan amarga sentencia fue el recuerdo de ella. Si no me afanaba en conservar su recuerdo, era muy posible que la perdiera para siempre, reduciéndola a una voz y a un tacto. Suficiente para muchos, supongo, pero no para mi. No sabría vivir sin ver sus ojos, su sonrisa, su cuerpo. Decidí hacer algo antes que evitara ese desenlace: pensé en estudiar cada milímetro de su cuerpo. Primero con la vista, luego con el tacto, y por último con el olfato.

El primer mes me concentré en aprender su imagen. Desnuda se tumbaba en nuestra cama y yo simplemente la recorría con los ojos como si de un libro desconocido se tratara. Acercaba mis ojos a su cuerpo hasta casi tocarlo con mi nariz, quería verla muy de cerca, evitar que el más mínimo detalle se me escapara. Observé los gestos de su rostro, las ondas de su cabello, su cuello, su torso desnudo, sus manos, sus piernas, su sexo. Lo miré todo de cerca, detenidamente, descubriendo un mundo nuevo de pequeños lunares, suave vello, discretas arrugas, y rincones a los que nunca antes pensé en prestar atención. Mientras yo repasaba detenidamente todo su cuerpo, ella permanecía callada, más unida a mí que nunca. En esos momentos ambos sabíamos que ella era el centro de mi existencia, y que lo que intentaba era crear el mundo con el cual soñar una vez caído en las tinieblas de la ceguera.

Cuando mi vista empezó a fallar había conseguido memorizar cada palmo de la mujer a quien amaba, hasta el punto de poder recrearla en mi imaginación siempre que lo deseara y con la más absoluta fidelidad. Había logrado pues retenerla eternamente en mí. La ceguera ya no me preocupaba. Ya avanzada la enfermedad, me dediqué a completar su imagen para hacerla lo más real posible: la toqué.

Del mismo modo que repasé cada parte de su cuerpo con una detenida contemplación, ahora fueron las yemas de mis dedos las que buscaron su cuerpo. Busqué leerla y memorizarla tal y como un ciego haría con un texto braille. Ella permanecía nuevamente desnuda sobre la cama, en completa oscuridad y silencio, mientras yo acariciaba su piel. Empecé por su cabello, después en su cara repasé todas y cada una de sus líneas: sus ojos, el dibujo de su boca, su nariz, sus mejillas, el óvalo de su cara… hubiera sido capaz de reconocerlo entre un millón de mujeres sin posibilidad de error, capaz de leer en su piel el dibujo de sus venas, de sentir en mis manos cada latido, cada suspiro.

Como poseídas, mis manos recorrieron el resto del cuerpo ávidas de información, conscientes del poco tiempo que me quedaban. Finalmente conseguí que aquella imagen que atrapé en un primer momento se dotara de contornos claros y con volumen, haciendo aún más real su presencia. En cualquier momento podía recrear sus manos, o sus labios, tanto su imagen como su tacto.

Cuando ya tuve también su roce junto a su imagen, deseé poseer también su aroma. Atrapé el olor de su cabello, de su boca, de sus pechos, de sus manos… Ella sabía lo importante que todo aquello era para mí, e incluso diría que nunca como en esos momento ella y yo fuimos un solo ser. Adquirí el pleno conocimiento de la persona a la que amaba, sin secretos. Había conseguido crearla de nuevo, sólo para mí, en mi mente, consciente de que ya no la perdería jamás, que la tendría siempre junto a mí.

De este modo fue cómo no sólo perdí el miedo a la ceguera sino incluso a la propia muerte, pues supe que nada podría separarme de ella.

La revolución francesa
Colaboración de Luna

Lo sacaba del estante, lo miraba y me sentaba en el pico de la silla.
El cuerpo de la mujer era un arco del que sobresalían los hermosos pechos, el pezón rojo en la piel blanca, la melena despeinada hasta el suelo.
El hombre la sostenía con el brazo izquierdo, y la mano derecha entraba misteriosamente en el vestido.
Era mirarlo y encenderme, sentir como un vacío, un ansia, un calor. Suavemente me movía hasta la culminación, con la imaginación perdida en el tacto de aquellos dedos, y luego me sentaba en el sillón con los ojos cerrados.


Un día el libro de La Revolución Francesa voló por la ventana.


Tenía catorce años. Iba a un colegio de monjas.







A ciegas (Colaboración de G.A.)

Siempre me han gustado los hombres delgados. Quizá porque me veo gorda y tiendo a contrarrestar. También me gustan altos, por lo mismo. Claro que eso no quita para que luego me lo haga con todo tipo de tipos siempre y cuando tengan la voz bonita. La voz no suele tenerse en cuenta en las encuestas tipo "qué es lo primero que te llama la atención en un hombre". A mí en cambio una buena voz es capaz de ponerme a cien en cuestión de segundos.



Cuando el año pasado la agencia abrió sucursal en Moscú mi jefe aprovechó la ocasión para deshacerse de mí y con la excusa de rentabilizar los cursos de lengua rusa que la empresa me había estado pagando durante cinco años, me ofreció un ascenso como supervisora. Vale, me duplicaban el sueldo, pero suponía pasar dos semanas en Madrid y una en Moscú. Casi casi vivir en un avión, vaya. Había que verle la cara cuando le dije, con la mejor de mis sonrisas, la ilusión que me hacía ese trabajo. Es que se descompuso entero. Claro, que yo casi vomito cuando salió de mi despacho de tanta bilis que me había estado tragando. En fin, que hice de tripas corazón y al mes bajaba de la escalerilla del avión con una maleta minimalista y un diccionario de bolsillo.

El primer día de trabajo resultó tan duro como esperaba así que cuando crucé las puertas del edificio de apartamentos que la agencia me había proporcionado, sólo soñaba con una ducha caliente y meterme en la cama para dormir. En el ascensor había un vecino pero ni le miré; estaba tan cansada que me puse de espaldas a él mirando fijamente las puertas hasta que el ascensor se detuvo entre dos plantas sin previo aviso. Entonces recordé que mi secretaria me había comentado los habituales cortes de luz que estaban sufriendo últimamente en la ciudad y maldije mentalmente a mi jefe y a la madre que le parió.

Busqué en el bolso algo que pudiera iluminarme mínimamente y no encontré nada así que intenté relajarme. Me había olvidado totalmente de mi vecino cuando éste me preguntó si me encontraba bien. Al oírle se me erizó la piel pero me contuve. Tenía LA VOZ, ésa que hace que yo no sea yo y me comporte como una perra en celo. Como no le había contestado me repitió la pregunta y entonces ya no pude más y me di la vuelta buscando su polla con la mano. No sé si se sorprendió, porque no se veía nada, pero respondió con energía, como me gusta. Me abrió la blusa para acariciarme los pezones, ya durísimos, y me subió la falda hasta la cintura. "Sigue hablando" le susurré, y obedeció mientras yo me agachaba y le chupaba la polla. Sólo dejó de hablar cuando me puso a cuatro patas y me lamió por encima de las bragas pero a esas alturas ya estaba tan excitada que no habría parado aunque hubiese cambiado la voz repentinamente y hablara como Chiquito de la Calzada. Me penetró por detrás sujetándome las tetas con las manos y se corrió con un gemido un tanto gutural.


El ascensor se iluminó cuando ya nos habíamos vestido. Yo había vuelto a colocarme de espaldas a él y me estaba abrochando la blusa. No quise volverme a mirarle y cuando el ascensor llegó a mi planta me besó la cabeza susurrando un "hasta luego".

La semana pasó en un suspiro y cuando volví a Madrid no le conté a nadie la aventura del ascensor porque me daba vergüenza haber caído en una situación tan típica. Pero que no lo hablara no quiere decir que no lo recordara y cuando me tocó regresar a Moscú me descubrí cerrando los ojos al entrar en el ascensor. Al pasar la primera planta me reí mentalmente de mí misma por haber creído que aquella fantasía podría ocurrir, y entonces la persona que estaba detrás de mi adelantó una mano, pulsó el STOP, el ascensor se detuvo, y las luces se apagaron. "Te he esperado todos los días" dijo mientras metía sus dedos bajo mis bragas.
Esa semana follamos en el ascensor todas las noches. Y dos semanas después también. Ahora ya me quito las bragas antes de salir del trabajo para que pueda meterme los dedos directamente nada más pulsar el stop. A veces lo hace incluso antes. Me levanta la falda, me separa el culo con las manos y me mete un dedo mientras para el ascensor con la otra mano. Eso sí, sin que yo me dé la vuelta, sin que le vea. De él sólo sé que es alto y delgado y que tiene una polla y, sobre todo, una voz que me vuelven loca. No sé más, ni me importa. Y el otro día, cuando me crucé con él por el pasillo de la agencia de Madrid, le planté un beso a mi jefe. En la cara, claro. Se quedó muerto.

Despacio (Colaboración de M&M)









Despacio, sin hacer ruido, me acerco a tu espalda
Con un dedo la recorro, desde la nuca hasta la cintura
Levantas la cabeza pero no te giras
Dejas por un momento la pluma sobre la mesa y adivino que sonríes
Mis manos acarician tu espalda, suben de nuevo hasta tus hombros y se cuelan entre la camisa y tu piel para recorrer tu pecho.
Lleno tu cabeza de besos lentos
Desabrocho tu camisa sin prisas, entreteniéndome en cada botón
La dejo caer hacia atrás mientras recorro con mi lengua tu espalda desnuda, que se estremece con el contacto.

Tus manos, inertes sobre la mesa, esperan.
Sigo lamiendo tu espalda, despacio, hoy no tengo prisa y quiero disfrutarte entero.
En cuclillas mi lengua sigue el contorno de tu cintura a la vez que las manos desabrochan tu pantalón.
Dejo a mi lengua acercarse hasta tu sexo que comienza a arder, lo humedezco entero y lo saboreo despacio. Pellizco despacio tus pezones.
Tus manos se enredan en mi pelo acompañándome en mi festín.
Mis labios aprisionan y tu sexo responde erguido.
Lo dejo para humedecerte entero, tu vientre, ombligo, sigo por el centro hacía arriba. Mordisqueo tus pezones.
Separo mis piernas para sentarme sobre ti, buscándote con mi sexo, Tomo tus manos y las pongo sobre mis nalgas.
Te deseo…
Tu sexo en el mío, cabalgo sobre ti. Mis caderas se mueven y mis piernas te atan a la silla.
Busco tu boca para besarte, beso largo húmedo cálido. Dulce. Lenguas que se acarician con furia a veces, sumisas también.
Clavo mis ojos en los tuyos, sabes bien lo que te dicen.
Mi deseo está en ti, creciendo con el tuyo.
Tu lengua recorre mi cuello que se extiende hacía atrás
Aferro mis manos a la silla y dejando caer la espalda me muestro entera ante ti.
Los círculos que describe mi cadera sobre ti son cada vez más rápidos.
Me levantas y me tumbas sobre la mesa separando mis piernas. Recorres mi sexo con tu pluma de pavo. Todo mi cuerpo se estremece mientras tiemblo.
Ven…












Me haces esperar, sigues jugando con tu pluma sobre mí.
Levantas mis manos sobre mi cabeza y las sujetas mientras, sin esperarlo pero deseándolo con locura, te clavas en mí. Fuerte.
Mis dientes mordisquean tus labios y mi pubis se aprieta contra ti.
Mas …
Más fuerte, te pido
Gimo de placer. Tenerte de nuevo…
Deja que me de la vuelta, que me ponga de espaldas…
Me das la vuelta, llevo una de tus manos hasta mi sexo y la otra a mi ano. Con las mías separo los glúteos.
Sabes lo que quiero, lo sabes…
La espalda se mueve haciendo eses como una serpiente, esperándote
Juegas con mi clítoris golpeándolo despacio, haces que arda más todavía
Introduces un dedo por mi ano y un grito de placer acompaña los espasmos de mi cuerpo.
Sigues la línea de mi espalda con tu lengua
Ven, Ven,Ven…
Te pido que entres en mí y me complaces. Es mi deseo, tu deseo, nuestro deseo
Separo más las piernas y los glúteos para sentirte más adentro.
Así
Entero dentro de mí.
Gritos, gemidos
Sigue
Me gusta tenerte
No pares ahora
Dame más
Más, Más
Mis uñas se clavan en la mesa
Cada vez más fuerte
Me hablas de tu deseo al oído, tu voz se entrecorta entre mis gemidos y los tuyos.
Sujetas mi pelo entre tus manos sin dejar de golpear en mí.
Un poco más,
Solo un poco más
Todo mi cuerpo tiembla de placer
Decides salir de mí y te derramas en mi espalda, que recibe tu esencia con placer….
Te tumbas a mi lado en la mesa, boca arriba. Yo boca abajo cubierta de tu calor.

40 de Mayo


El fin de semana había sido muy duro y la tarde del domingo se presentaba como un oasis.
Se deleitó bajo la ducha que poco a poco fue enfriando, hasta que le hizo gritar.
Se afeitó despacio, muy despacio. Ella lo esperaba envuelta en el Kimono que él le regaló el día de su cumpleaños de 1986. Tendida en la cama. Ojos cerrados. Cabello de aroma floral. Bajo la seda japonesa, la piel morena madurada bajo los primeros días de sol. Cuarenta de mayo. Se la comió de la cabeza a los pies con mordisquitos de pitiminí tras las orejas y feroces dentelladas en los mofletes del culo. En el camino de los bocados rodeó los pechos, avistó el ombligo y descubrió la excitante sensación de un nuevo, diminuto y tentador rasurado pubiano. Allí regresó en cuanto los glóbulos rojos recuperaron el oxígeno, perdido con tanto ir y venir del corazón a la pasión lúbrica de los abrazos magnetizados por la electricidad de sus cuerpos.
Se deslizó sobre la pradera con la intención última de aterrizar en los sonrosados laberintos por los que rastreó la húmeda escalada del placer, un descenso jalonado de besos. Entonces lo supo. Aquellos juegos estirados por el tiempo de caricias de moviola, lenguas incansables y fricciones porosas casi siempre le precipitaban a un territorio resbaladizo: El gatillazo acechaba de nuevo.
Texto: Mr. Sonolópez
Fotografía: Quark

Buscando la belleza

Colaboración de: A.L.
Amanda...


No es un cuerpo escultural, producto de una genética privilegiada, o una imagen artificial víctima de unos cuidados excepcionales. Es un cuerpo más, un cuerpo de mujer.

La sinceridad de aquella naturaleza que se mostraba sin pudores ante una feminidad deseosa
de ser mostrada no admitía complejos, ni limitaciones de expresividad.

El mayor erotismo de este instante no puede ser apreciado visualmente. Las caricias mutuas entre la sensibilidad de un cuerpo desnudo y la suavidad de una roca esculpida durante siglos por el mar eran la verdadera sexualidad de aquel momento; cada postura inducía un movimiento, y cada movimiento era un roce de placer.



Eva y Adán




Colaboración de Cool C.






Para entender esta historia deberíais haber conocido a Adán. Vamos a llamarle Adán.


Adán era muy guapo, aunque no lo parecía. No se cuidaba nada, la verdad, pero si te fijabas bien podías ver lo guapo que sería si lo hiciera. El potencial. Lo mismo que cuando ves una casa en ruinas y te imaginas lo que sería si alguien se molestara en restaurarla. Adán tenía mucho potencial. Hay casas ( y cosas) que parecen bonitas, pero si te fijas bien ves sólo lo parecen. En fin, yo estaba enamorada de él. Debo confesarlo por una cuestión de justicia argumental. Yo era su confidente y su amiga. En realidad era la única amiga que tenía.







El caso es que a primeros de año apareció Eva. La llamaremos Eva, si os parece. Era una mujer impresionante. Alta, de cuerpo perfecto. Del tipo atlético. Una mujer decidida, de carácter. Inteligente y con más cojones que la mayoría de los tíos que conozco. Su familia estaba forrada y la tía vestía siempre trajes chaqueta de Gucci. Y era la sobrina del jefe supremo, además. Era como una diosa que hubiera decidido darse un condescendiente paseo entre nosotros, los mortales. Bueno, estaba con nosotros, pero en realidad era como si estuviera a años luz, en otra dimensión. Una dimensión paralela, ya sabéis. A una le daba la sensación de que si alargaba la mano los dedos tocarían el vacío, como si fuera un holograma de un anuncio de moda.





Aquel mismo día, el que apareció Eva, estabamos en el bar después del trabajo, hablando de aquella mujer como niños escondidos en una buhardilla. Ya sabéis cómo funcionan esas cosas. Los chicos de la empresa solían admitirme en aquellas conversaciones, e incluso me pedían su opinión. En fin, eran buenos chicos y se divertían intentando escandalizarme. Les gustaba hacer ruido, ya sabéis cómo son cuando se aflojan la corbata.












Adán solía llevarme a casa en su golf destartalado, y siempre me acompañaba hasta la puerta, en plan caballeroso. Aquel día hablamos mucho de Eva y de los chicos del despacho. Yo no le noté nada raro. Adán era lo más contrario que os podéis imaginar a una persona apasionada. Lo único que le apasionaba de verdad era la estrategia militar. Se pasaba los fines de semana jugando a batallitas con sus amigos. Se reunían alrededor de una mesa enorme y movían las piececitas de colores, todos con barba de tres días y aspecto de no haber tenido nunca una novia . La madre de Adán (sí, vivía con su madre) les llevaba bocadillos de jamón y coca colas, como si fuera una fiesta de cumple. La bena mujer estaba encantada de que fueran tan buenos chicos.







Yo creía que estaba soñando cuando me contó, muy tranquilo, que Eva le había gustado mucho, y que había decidido que quería inseminarla. Dijo que estaba muy contento, porque son raras las ocasiones en que a uno le embarga una verdadera pasión erótica de gran magnitud, y añadió que son las pasiones más rudimentarias y absorbentes, que nacen en la parte del cerebro que compartimos con los reptiles (el cerebro evolucionó como una cebolla, y las capas se fueron añadiendo. En la capa inferior están los impulsos más fundamentales e irracionales, como la territorialidad, la ira, el instinto de supervivencia, etc.) y que se sentía muy motivado para elaborar una estrategia con el fin de lograr aquel objetivo estratégico. Yo me limité a escucharle, anonadada, y a decirle que me parecía muy bien. Que tenía sentido. Deberíais haber conocido a Adán para entenderme, en fin.







Tardó menos de un año, y me fue informando de los avances. Se convirtió en un empleado modélico. En pocos meses se hizo indispensable y le nombraron jefe de sección. Lo hizo porque necesitaba ganar más dinero y también para poder trabajar con Eva. Empezó a usar trajes de Toni Miró y se puso en forma. Se compró un Saab negro y aprendió defensa personal. Le partió el tabique nasal y la mandibula a un tío que se pasó con Eva, una noche. Un tío que pesaba 120 kilos. Estudió los comportamientos de los animales durante el ritual sexual. Lobos alfa, pavos reales que deslumbran con su plumaje y cornejas que roban cosas brillantes para adornar el nido y atraer a la hembra fértil. También estudió psicología sexual, y me dijo que Eva seguía buscando a su padre, por lo que adoptó con ella una actitud paternal, condescendiente y firme pero muy cariñosa. Ya sabéis, "todos seguimos siendo el niño que fuimos", etc.




Alquiló un ático en las afueras y contrató a una decoradora que estaba de moda. A su madre (hasta entonces había seguido viviendo con su madre) le dijo que quería probar una cosa. Se ganó el respeto y el afecto de Eva, primero, y después se convirtió en indispensable para ella, como un electrodoméstico de gama alta. Luego empezó a analizar la Bolsa y a invertir, hasta que se forró, y un fin de semana alquiló un avión privado y la invitó a cenar en Roma. Cerraron un restaurante monísimo para ellos, uno con manteles de cuadros, velas y un violinista, y le pidió que se casara con él. El tío tenía una inteligencia descomunal, del tipo analítico, lo que pasa es que nunca había tenido ninguna motivación hasta que apareció Eva. Aparte de las batallitas, claro. Eso sí, decía que no le gustaban los tatuajes de Eva, vestigios de su fase iconoclasta y grunge.




















Se casaron en Menorca e invitaron a todo el mundo. Nos adjuntaron el billete de avión con la invitación. La familia estaba forrada, creo que ya lo he dicho. Al poco tiempo me fui de la empresa y le perdí el rastro. Me lo encontré dos años después. Volvía a llevar una chaqueta de pana, de Zara, y barba de tres días. Y volvía a usar gafas. Ya no trabajaba, sólo invertía en bolsa, y volvía a vivir con su madre. Me contó que acababa de divorciarse, pero que se lo había pasado muy bien. Habían tenido un crío. Él había perpetuado su genoma inseminando a una abeja reina y se sentía muy realizado, porque decía que era la primera vez que se aliaban su inteligencia estratégica y sus impulsos más hondos e irracionales. La verdad es que era uno de los tíos más auténticos que he conocido.



Mali

Colaboración de G. A.



Por la noche los sonidos se amplifican. No se multiplican. Cambian, se sustituyen unos por otros. Por el día se oyen los zumbidos de los insectos, las patas de las vacas aplastar la poca hierba que hay, las risas de los niños, el rítmico golpear de la molienda. Por la noche se oye el silencio, que es en sí un sonido completo, y rugidos. Los rugidos forman parte del silencio; cuando no hay rugidos algo va mal y la piel se te eriza sin que sepas por qué.

Anoche, por encima de los rugidos de los animales, escuchamos rugir a Lorena. Primero fueron unos gemidos como de gata mimosa y poco a poco se fueron transformando en jadeos ansiosos hasta convertirse en una especie de rugido que finalizó en un grito ronco y, afortunadamente, breve. Cuando Lorena se calló volvimos a oír de nuevo los sonidos de los animales. Recuerdo que me di cuenta de que mientras escuchaba a Lorena no había oído nada más a pesar de que con toda seguridad las fieras habían continuado allí, ajenas a la fiesta de Lorena y Alfredo, ajenas a las decenas de oídos que estábamos pendientes de su juego sexual, ajenas a la excitación que me hizo poner mi mano entre las piernas.

Por la mañana me levanto muy temprano y desayuno con la hermana Rosa. Rosa Esteban de Ipacua nació en Navarra y lleva treinta años en África. Cuando llegamos pensé que hablaba tanto por el puro placer de escuchar hablar en castellano, y era cierto. Entonces me contó que cuando era pequeña vivía con sus padres y abuelos en un caserío en el monte y que un invierno en el que las nevadas fueron más abundantes de lo habitual llegaron unas monjas haciendo proselitismo por los pueblos. Las monjas pasaron dos días en el caserío y por la noche, después de cenar, contaban cosas sobre las misiones que tenían en África. Debieron contarlo muy bien porque Rosa decidió que quería irse con aquellas mujeres y conocer esos países en los que nadie tenía sabañones porque siempre hacía calor. Rosa pasó su infancia y adolescencia en el convento y cuando a los dieciocho años profesó y la mandaron a África pensó que había abandonado el mundo sin siquiera conocerlo y tuvo un poco de miedo. El miedo se le quitó a los dos meses de estar en la misión, cuando se dio cuenta de que en la selva es tan fácil perder la vida que no se pueden hacer planes, que lo único que se puede hacer es estar pendiente del momento, sobrevivir cada día.
No sé qué edad tiene Rosa; sé que es mayor que yo pero soy incapaz de determinar si tiene cuarenta, cincuenta, o incluso sesenta años. Depende de cómo me mire puedo encuadrarla en una década o en otra, así que no intento calcular su edad. Habla mucho. Al menos con Alfredo y conmigo habla mucho; a Lorena casi no le dirige la palabra aunque lo hace de una manera tan natural que Lorena ni lo ha notado. La hermana Rosa lleva tantos años en la misión que los hombres del poblado no la consideran una mujer y la tratan con mismo respeto con el que tratan a los jefes de los poblados cercanos.
Claro que la hermana Rosa no parece una mujer. Tiene el pelo gris muy corto pero no se le ve porque lo lleva siempre cubierto por un sombrero blanco que no sé cómo hace pero siempre está impoluto. Viste camisa y pantalón de algodón verde y botas casi militares. A veces dice que si la vieran las monjas navarras se caerían de culo y se ríe. Las mujeres del poblado la tratan como si fuera su madre. Y ellas las trata a todas como si fueran sus hijas. Al principio no me parecía bien que lo hiciera pero luego me di cuenta de que aquí las mujeres no tienen importancia, no son más que las encargadas de trabajar y parir, a los hombres tanto les da una mujer que otra, si se les muere una toman otra sin pararse a echarla un vistazo. La hermana Rosa está pendiente de ellas, las cuida sin que ellas se den cuenta y a veces las suyas son las únicas manos que las tocan con cariño.


Después de desayunar la hermana Rosa coge el jeep y se marcha a la central a recoger unos paquetes con medicinas, libros, y algunas herramientas. Me dice que pasará casi todo el día fuera y que volverá antes de que anochezca, pero que si necesitamos algo podemos ponernos en contacto por radio con el padre Sparks. Le digo que pierda cuidado, que no pasará nada. Vienen Lorena y Alfredo a desayunar y no sé cómo decirles que deberían ser más silenciosos en la cama porque no me gusta hablar y además Lorena me intimida bastante. Se lo insinúo y, como esperaba, Lorena se ríe a carcajadas mientras me pregunta si lo digo porque me dio envidia escucharles follar y querría unirme a ellos. Me sorprende ver que Alfredo se ruboriza ligeramente. Entonces le imagino penetrándome, aunque nunca se me había ocurrido antes, y la idea no me desagrada pero le digo a Lorena que si no se ha dado cuenta de que debería tener un poco de respeto por las mujeres de la aldea. Lorena no sabe a qué me refiero y le recuerdo que a estas mujeres les han practicado la ablación y algunas están incluso infibuladas. Se encoge de hombros y se va. Alfredo parece un poco azorado y dice “lo siento” en voz baja. Antes de irse me pone la mano en el cuello, justo bajo el nacimiento del cabello, y me acaricia suavemente unos segundos. Respiro hondo hasta que se marcha.


Paso la mañana fotografiando a los niños y después de comer me refugio del sol en la habitación. En realidad cada habitación es una cabaña hecha con barro y paja, y en ellas no hay nada más que una cama con mosquitero, un biombo, una silla y una mesa. Oigo la risa de Lorena en la cabaña de Alfredo y les pienso desnudándose mutuamente. Cuando Lorena empieza a gemir quedamente imagino a Alfredo acariciándome las tetas y el culo y me excito así que me quito la ropa para masturbarme en la cama pero cuando me voy a echar se abre la puerta de la cabaña y entran Mboi y sus amigas. Aquí las mujeres se casan muy jóvenes y Mboi y las otras cinco chicas que han entrado están solteras así que supongo que serán casi unas niñas pero es imposible calcular su edad porque son tan maduras que a veces me parece que son incluso mayores que yo. Se han acostumbrado a verme observarlas mientras muelen el grano, lavan, y hacen sus trabajos habituales, y les gusta que les haga fotografías. A veces les pido que me dejen participar en sus cosas y se ríen pero no me rechazan.
Para mi sorpresa entran silenciosamente en la cabaña y ponen a una niña a vigilar tras la puerta cerrada. Me sorprende que pongan a alguien a vigilar porque aunque no sé qué quieren hacer. Sé que los hombres están fuera hasta mañana. Estoy sentada en la cama y cuando me voy a levantar Mboi me pone una mano en el hombro y me lo impide. Estoy desnuda pero ellas también (siempre van desnudas, solamente llevan un cinturón de cuero delgadísimo) así que no se siento violenta ni incómoda. Los gemidos de Lorena son cada vez más fuertes. Las amigas y primas de Mboi me rodean y me miran con curiosidad. Una de ellas, una niña casi plana como un chiquillo, me señala las tetas, luego me coge el pecho izquierdo y lo amasa, lo aprieta, y me pellizca el pezón con dos dedos soltando risitas silenciosas. Mboi me mira fijamente y me empuja los hombros para que me tumbe.
Los gemidos de Lorena son cada vez más ansiosos, cada vez más audibles, y de repente es como si se me encendiera una luz y entiendo lo que quieren estas chicas. Y me dejo hacer. Dócil, doblo las rodillas y me dejo inspeccionar. Una de ellas se tumba a mi lado en la misma posición que yo. Mboi me abre las piernas y me separa los labios mientras una de sus amigas hace lo mismo con la otra chica. Nos miran atentamente. Miran nuestras vaginas y las comparan, y me entran ganas de pedir que pongan un espejo para poder mirar también porque nunca he visto a una mujer como ellas. Mboi mantiene mis labios separados con una mano y con la otra me toca con curiosidad. Me pasa los dedos por todos los rincones del coño y me mete el dedo anular por la vagina. Sorprendida intenta hacer lo mismo con la otra chica pero está infibulada y no puede, le hace daño. Vuelve a poner la mano en mi coño, me mete de nuevo el dedo por la vagina y su pulgar acierta a ponerse sobre el clítoris, y noto que me estremezco y se me ponen los pezones duros. Nunca antes me había tocado una mujer. Siempre me había preguntado si sentiría lo mismo que con la mano de un hombre pero nunca hasta ahora había tenido los dedos de una mujer en mi coño.
La chica que me había tocado las tetas se fija en mis pezones erectos y se los muestra a las demás, que se sorprenden de las reacciones de mi cuerpo ante las manipulaciones de Mboi. La chica me toca los pezones, sorprendida por su dureza los aprieta y al ver que eso los pone todavía más duros se los lleva a la boca y los mordisquea, primero suavemente y cada vez con más fuerza. Noto la humedad en mi coño. Mboi también la nota, y mueve sus dedos para sacarlos de mi vagina pero cuando saca sus dedos y los ve mojados se los huele, y prueba la humedad con la punta de su lengua. Las otras chicas también le huelen los dedos y se los lamen, y la chica que estaba tumbada junto a mi se incorpora y acerca su cara a mi coño mirándolo con curiosidad. Noto que me palpita la vagina y que se abre ansiosa. Mboi vuelve a pasear sus dedos por mi sexo y vuelve a lamérselos, y entonces acerca su cara a mi coño y lo olfatea, y saca la lengua, y cuando pasa la punta de la lengua por mi clítoris no puedo evitar un gemido silencioso. Mboi vuelve a pasar la lengua por el clítoris y vuelvo a gemir, y entonces lo coge con los dientes y comprueba que mis gemidos son más largos. Mete entonces un dedo por mi vagina y lo mueve, luego mete otro, y otro, y oro sin dejar de moverlos, sorprendida porque mi vagina se abre cada vez más. Estas mujeres nunca han visto un clítoris ni una vagina abierta. Hablan en susurros y otra de las chicas me mete suavemente un dedo por el culo y lo mueve como hace Mboi con sus dedos en mi vagina. No puedo dejar de gemir y la chica mete otro más. Mboi apoya su dedo pulgar, el único que no me está penetrando, en mi clítoris y tengo un orgasmo paralelo al de Lorena, que está gritando sin ningún pudor. Yo no grito, no emito ningún sonido, pero me agarro con fuerza al colchón y noto las contracciones de placer de la vagina y del culo que aprietan los dedos que me siguen penetrando hasta que mi cuerpo deja de estremecerse. Abro entonces los ojos y veo a Mboi que me mira fijamente con la cara llena de lágrimas.