A ciegas (Colaboración de G.A.)

Siempre me han gustado los hombres delgados. Quizá porque me veo gorda y tiendo a contrarrestar. También me gustan altos, por lo mismo. Claro que eso no quita para que luego me lo haga con todo tipo de tipos siempre y cuando tengan la voz bonita. La voz no suele tenerse en cuenta en las encuestas tipo "qué es lo primero que te llama la atención en un hombre". A mí en cambio una buena voz es capaz de ponerme a cien en cuestión de segundos.



Cuando el año pasado la agencia abrió sucursal en Moscú mi jefe aprovechó la ocasión para deshacerse de mí y con la excusa de rentabilizar los cursos de lengua rusa que la empresa me había estado pagando durante cinco años, me ofreció un ascenso como supervisora. Vale, me duplicaban el sueldo, pero suponía pasar dos semanas en Madrid y una en Moscú. Casi casi vivir en un avión, vaya. Había que verle la cara cuando le dije, con la mejor de mis sonrisas, la ilusión que me hacía ese trabajo. Es que se descompuso entero. Claro, que yo casi vomito cuando salió de mi despacho de tanta bilis que me había estado tragando. En fin, que hice de tripas corazón y al mes bajaba de la escalerilla del avión con una maleta minimalista y un diccionario de bolsillo.

El primer día de trabajo resultó tan duro como esperaba así que cuando crucé las puertas del edificio de apartamentos que la agencia me había proporcionado, sólo soñaba con una ducha caliente y meterme en la cama para dormir. En el ascensor había un vecino pero ni le miré; estaba tan cansada que me puse de espaldas a él mirando fijamente las puertas hasta que el ascensor se detuvo entre dos plantas sin previo aviso. Entonces recordé que mi secretaria me había comentado los habituales cortes de luz que estaban sufriendo últimamente en la ciudad y maldije mentalmente a mi jefe y a la madre que le parió.

Busqué en el bolso algo que pudiera iluminarme mínimamente y no encontré nada así que intenté relajarme. Me había olvidado totalmente de mi vecino cuando éste me preguntó si me encontraba bien. Al oírle se me erizó la piel pero me contuve. Tenía LA VOZ, ésa que hace que yo no sea yo y me comporte como una perra en celo. Como no le había contestado me repitió la pregunta y entonces ya no pude más y me di la vuelta buscando su polla con la mano. No sé si se sorprendió, porque no se veía nada, pero respondió con energía, como me gusta. Me abrió la blusa para acariciarme los pezones, ya durísimos, y me subió la falda hasta la cintura. "Sigue hablando" le susurré, y obedeció mientras yo me agachaba y le chupaba la polla. Sólo dejó de hablar cuando me puso a cuatro patas y me lamió por encima de las bragas pero a esas alturas ya estaba tan excitada que no habría parado aunque hubiese cambiado la voz repentinamente y hablara como Chiquito de la Calzada. Me penetró por detrás sujetándome las tetas con las manos y se corrió con un gemido un tanto gutural.


El ascensor se iluminó cuando ya nos habíamos vestido. Yo había vuelto a colocarme de espaldas a él y me estaba abrochando la blusa. No quise volverme a mirarle y cuando el ascensor llegó a mi planta me besó la cabeza susurrando un "hasta luego".

La semana pasó en un suspiro y cuando volví a Madrid no le conté a nadie la aventura del ascensor porque me daba vergüenza haber caído en una situación tan típica. Pero que no lo hablara no quiere decir que no lo recordara y cuando me tocó regresar a Moscú me descubrí cerrando los ojos al entrar en el ascensor. Al pasar la primera planta me reí mentalmente de mí misma por haber creído que aquella fantasía podría ocurrir, y entonces la persona que estaba detrás de mi adelantó una mano, pulsó el STOP, el ascensor se detuvo, y las luces se apagaron. "Te he esperado todos los días" dijo mientras metía sus dedos bajo mis bragas.
Esa semana follamos en el ascensor todas las noches. Y dos semanas después también. Ahora ya me quito las bragas antes de salir del trabajo para que pueda meterme los dedos directamente nada más pulsar el stop. A veces lo hace incluso antes. Me levanta la falda, me separa el culo con las manos y me mete un dedo mientras para el ascensor con la otra mano. Eso sí, sin que yo me dé la vuelta, sin que le vea. De él sólo sé que es alto y delgado y que tiene una polla y, sobre todo, una voz que me vuelven loca. No sé más, ni me importa. Y el otro día, cuando me crucé con él por el pasillo de la agencia de Madrid, le planté un beso a mi jefe. En la cara, claro. Se quedó muerto.

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