Eva y Adán




Colaboración de Cool C.






Para entender esta historia deberíais haber conocido a Adán. Vamos a llamarle Adán.


Adán era muy guapo, aunque no lo parecía. No se cuidaba nada, la verdad, pero si te fijabas bien podías ver lo guapo que sería si lo hiciera. El potencial. Lo mismo que cuando ves una casa en ruinas y te imaginas lo que sería si alguien se molestara en restaurarla. Adán tenía mucho potencial. Hay casas ( y cosas) que parecen bonitas, pero si te fijas bien ves sólo lo parecen. En fin, yo estaba enamorada de él. Debo confesarlo por una cuestión de justicia argumental. Yo era su confidente y su amiga. En realidad era la única amiga que tenía.







El caso es que a primeros de año apareció Eva. La llamaremos Eva, si os parece. Era una mujer impresionante. Alta, de cuerpo perfecto. Del tipo atlético. Una mujer decidida, de carácter. Inteligente y con más cojones que la mayoría de los tíos que conozco. Su familia estaba forrada y la tía vestía siempre trajes chaqueta de Gucci. Y era la sobrina del jefe supremo, además. Era como una diosa que hubiera decidido darse un condescendiente paseo entre nosotros, los mortales. Bueno, estaba con nosotros, pero en realidad era como si estuviera a años luz, en otra dimensión. Una dimensión paralela, ya sabéis. A una le daba la sensación de que si alargaba la mano los dedos tocarían el vacío, como si fuera un holograma de un anuncio de moda.





Aquel mismo día, el que apareció Eva, estabamos en el bar después del trabajo, hablando de aquella mujer como niños escondidos en una buhardilla. Ya sabéis cómo funcionan esas cosas. Los chicos de la empresa solían admitirme en aquellas conversaciones, e incluso me pedían su opinión. En fin, eran buenos chicos y se divertían intentando escandalizarme. Les gustaba hacer ruido, ya sabéis cómo son cuando se aflojan la corbata.












Adán solía llevarme a casa en su golf destartalado, y siempre me acompañaba hasta la puerta, en plan caballeroso. Aquel día hablamos mucho de Eva y de los chicos del despacho. Yo no le noté nada raro. Adán era lo más contrario que os podéis imaginar a una persona apasionada. Lo único que le apasionaba de verdad era la estrategia militar. Se pasaba los fines de semana jugando a batallitas con sus amigos. Se reunían alrededor de una mesa enorme y movían las piececitas de colores, todos con barba de tres días y aspecto de no haber tenido nunca una novia . La madre de Adán (sí, vivía con su madre) les llevaba bocadillos de jamón y coca colas, como si fuera una fiesta de cumple. La bena mujer estaba encantada de que fueran tan buenos chicos.







Yo creía que estaba soñando cuando me contó, muy tranquilo, que Eva le había gustado mucho, y que había decidido que quería inseminarla. Dijo que estaba muy contento, porque son raras las ocasiones en que a uno le embarga una verdadera pasión erótica de gran magnitud, y añadió que son las pasiones más rudimentarias y absorbentes, que nacen en la parte del cerebro que compartimos con los reptiles (el cerebro evolucionó como una cebolla, y las capas se fueron añadiendo. En la capa inferior están los impulsos más fundamentales e irracionales, como la territorialidad, la ira, el instinto de supervivencia, etc.) y que se sentía muy motivado para elaborar una estrategia con el fin de lograr aquel objetivo estratégico. Yo me limité a escucharle, anonadada, y a decirle que me parecía muy bien. Que tenía sentido. Deberíais haber conocido a Adán para entenderme, en fin.







Tardó menos de un año, y me fue informando de los avances. Se convirtió en un empleado modélico. En pocos meses se hizo indispensable y le nombraron jefe de sección. Lo hizo porque necesitaba ganar más dinero y también para poder trabajar con Eva. Empezó a usar trajes de Toni Miró y se puso en forma. Se compró un Saab negro y aprendió defensa personal. Le partió el tabique nasal y la mandibula a un tío que se pasó con Eva, una noche. Un tío que pesaba 120 kilos. Estudió los comportamientos de los animales durante el ritual sexual. Lobos alfa, pavos reales que deslumbran con su plumaje y cornejas que roban cosas brillantes para adornar el nido y atraer a la hembra fértil. También estudió psicología sexual, y me dijo que Eva seguía buscando a su padre, por lo que adoptó con ella una actitud paternal, condescendiente y firme pero muy cariñosa. Ya sabéis, "todos seguimos siendo el niño que fuimos", etc.




Alquiló un ático en las afueras y contrató a una decoradora que estaba de moda. A su madre (hasta entonces había seguido viviendo con su madre) le dijo que quería probar una cosa. Se ganó el respeto y el afecto de Eva, primero, y después se convirtió en indispensable para ella, como un electrodoméstico de gama alta. Luego empezó a analizar la Bolsa y a invertir, hasta que se forró, y un fin de semana alquiló un avión privado y la invitó a cenar en Roma. Cerraron un restaurante monísimo para ellos, uno con manteles de cuadros, velas y un violinista, y le pidió que se casara con él. El tío tenía una inteligencia descomunal, del tipo analítico, lo que pasa es que nunca había tenido ninguna motivación hasta que apareció Eva. Aparte de las batallitas, claro. Eso sí, decía que no le gustaban los tatuajes de Eva, vestigios de su fase iconoclasta y grunge.




















Se casaron en Menorca e invitaron a todo el mundo. Nos adjuntaron el billete de avión con la invitación. La familia estaba forrada, creo que ya lo he dicho. Al poco tiempo me fui de la empresa y le perdí el rastro. Me lo encontré dos años después. Volvía a llevar una chaqueta de pana, de Zara, y barba de tres días. Y volvía a usar gafas. Ya no trabajaba, sólo invertía en bolsa, y volvía a vivir con su madre. Me contó que acababa de divorciarse, pero que se lo había pasado muy bien. Habían tenido un crío. Él había perpetuado su genoma inseminando a una abeja reina y se sentía muy realizado, porque decía que era la primera vez que se aliaban su inteligencia estratégica y sus impulsos más hondos e irracionales. La verdad es que era uno de los tíos más auténticos que he conocido.



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