Mali

Colaboración de G. A.



Por la noche los sonidos se amplifican. No se multiplican. Cambian, se sustituyen unos por otros. Por el día se oyen los zumbidos de los insectos, las patas de las vacas aplastar la poca hierba que hay, las risas de los niños, el rítmico golpear de la molienda. Por la noche se oye el silencio, que es en sí un sonido completo, y rugidos. Los rugidos forman parte del silencio; cuando no hay rugidos algo va mal y la piel se te eriza sin que sepas por qué.

Anoche, por encima de los rugidos de los animales, escuchamos rugir a Lorena. Primero fueron unos gemidos como de gata mimosa y poco a poco se fueron transformando en jadeos ansiosos hasta convertirse en una especie de rugido que finalizó en un grito ronco y, afortunadamente, breve. Cuando Lorena se calló volvimos a oír de nuevo los sonidos de los animales. Recuerdo que me di cuenta de que mientras escuchaba a Lorena no había oído nada más a pesar de que con toda seguridad las fieras habían continuado allí, ajenas a la fiesta de Lorena y Alfredo, ajenas a las decenas de oídos que estábamos pendientes de su juego sexual, ajenas a la excitación que me hizo poner mi mano entre las piernas.

Por la mañana me levanto muy temprano y desayuno con la hermana Rosa. Rosa Esteban de Ipacua nació en Navarra y lleva treinta años en África. Cuando llegamos pensé que hablaba tanto por el puro placer de escuchar hablar en castellano, y era cierto. Entonces me contó que cuando era pequeña vivía con sus padres y abuelos en un caserío en el monte y que un invierno en el que las nevadas fueron más abundantes de lo habitual llegaron unas monjas haciendo proselitismo por los pueblos. Las monjas pasaron dos días en el caserío y por la noche, después de cenar, contaban cosas sobre las misiones que tenían en África. Debieron contarlo muy bien porque Rosa decidió que quería irse con aquellas mujeres y conocer esos países en los que nadie tenía sabañones porque siempre hacía calor. Rosa pasó su infancia y adolescencia en el convento y cuando a los dieciocho años profesó y la mandaron a África pensó que había abandonado el mundo sin siquiera conocerlo y tuvo un poco de miedo. El miedo se le quitó a los dos meses de estar en la misión, cuando se dio cuenta de que en la selva es tan fácil perder la vida que no se pueden hacer planes, que lo único que se puede hacer es estar pendiente del momento, sobrevivir cada día.
No sé qué edad tiene Rosa; sé que es mayor que yo pero soy incapaz de determinar si tiene cuarenta, cincuenta, o incluso sesenta años. Depende de cómo me mire puedo encuadrarla en una década o en otra, así que no intento calcular su edad. Habla mucho. Al menos con Alfredo y conmigo habla mucho; a Lorena casi no le dirige la palabra aunque lo hace de una manera tan natural que Lorena ni lo ha notado. La hermana Rosa lleva tantos años en la misión que los hombres del poblado no la consideran una mujer y la tratan con mismo respeto con el que tratan a los jefes de los poblados cercanos.
Claro que la hermana Rosa no parece una mujer. Tiene el pelo gris muy corto pero no se le ve porque lo lleva siempre cubierto por un sombrero blanco que no sé cómo hace pero siempre está impoluto. Viste camisa y pantalón de algodón verde y botas casi militares. A veces dice que si la vieran las monjas navarras se caerían de culo y se ríe. Las mujeres del poblado la tratan como si fuera su madre. Y ellas las trata a todas como si fueran sus hijas. Al principio no me parecía bien que lo hiciera pero luego me di cuenta de que aquí las mujeres no tienen importancia, no son más que las encargadas de trabajar y parir, a los hombres tanto les da una mujer que otra, si se les muere una toman otra sin pararse a echarla un vistazo. La hermana Rosa está pendiente de ellas, las cuida sin que ellas se den cuenta y a veces las suyas son las únicas manos que las tocan con cariño.


Después de desayunar la hermana Rosa coge el jeep y se marcha a la central a recoger unos paquetes con medicinas, libros, y algunas herramientas. Me dice que pasará casi todo el día fuera y que volverá antes de que anochezca, pero que si necesitamos algo podemos ponernos en contacto por radio con el padre Sparks. Le digo que pierda cuidado, que no pasará nada. Vienen Lorena y Alfredo a desayunar y no sé cómo decirles que deberían ser más silenciosos en la cama porque no me gusta hablar y además Lorena me intimida bastante. Se lo insinúo y, como esperaba, Lorena se ríe a carcajadas mientras me pregunta si lo digo porque me dio envidia escucharles follar y querría unirme a ellos. Me sorprende ver que Alfredo se ruboriza ligeramente. Entonces le imagino penetrándome, aunque nunca se me había ocurrido antes, y la idea no me desagrada pero le digo a Lorena que si no se ha dado cuenta de que debería tener un poco de respeto por las mujeres de la aldea. Lorena no sabe a qué me refiero y le recuerdo que a estas mujeres les han practicado la ablación y algunas están incluso infibuladas. Se encoge de hombros y se va. Alfredo parece un poco azorado y dice “lo siento” en voz baja. Antes de irse me pone la mano en el cuello, justo bajo el nacimiento del cabello, y me acaricia suavemente unos segundos. Respiro hondo hasta que se marcha.


Paso la mañana fotografiando a los niños y después de comer me refugio del sol en la habitación. En realidad cada habitación es una cabaña hecha con barro y paja, y en ellas no hay nada más que una cama con mosquitero, un biombo, una silla y una mesa. Oigo la risa de Lorena en la cabaña de Alfredo y les pienso desnudándose mutuamente. Cuando Lorena empieza a gemir quedamente imagino a Alfredo acariciándome las tetas y el culo y me excito así que me quito la ropa para masturbarme en la cama pero cuando me voy a echar se abre la puerta de la cabaña y entran Mboi y sus amigas. Aquí las mujeres se casan muy jóvenes y Mboi y las otras cinco chicas que han entrado están solteras así que supongo que serán casi unas niñas pero es imposible calcular su edad porque son tan maduras que a veces me parece que son incluso mayores que yo. Se han acostumbrado a verme observarlas mientras muelen el grano, lavan, y hacen sus trabajos habituales, y les gusta que les haga fotografías. A veces les pido que me dejen participar en sus cosas y se ríen pero no me rechazan.
Para mi sorpresa entran silenciosamente en la cabaña y ponen a una niña a vigilar tras la puerta cerrada. Me sorprende que pongan a alguien a vigilar porque aunque no sé qué quieren hacer. Sé que los hombres están fuera hasta mañana. Estoy sentada en la cama y cuando me voy a levantar Mboi me pone una mano en el hombro y me lo impide. Estoy desnuda pero ellas también (siempre van desnudas, solamente llevan un cinturón de cuero delgadísimo) así que no se siento violenta ni incómoda. Los gemidos de Lorena son cada vez más fuertes. Las amigas y primas de Mboi me rodean y me miran con curiosidad. Una de ellas, una niña casi plana como un chiquillo, me señala las tetas, luego me coge el pecho izquierdo y lo amasa, lo aprieta, y me pellizca el pezón con dos dedos soltando risitas silenciosas. Mboi me mira fijamente y me empuja los hombros para que me tumbe.
Los gemidos de Lorena son cada vez más ansiosos, cada vez más audibles, y de repente es como si se me encendiera una luz y entiendo lo que quieren estas chicas. Y me dejo hacer. Dócil, doblo las rodillas y me dejo inspeccionar. Una de ellas se tumba a mi lado en la misma posición que yo. Mboi me abre las piernas y me separa los labios mientras una de sus amigas hace lo mismo con la otra chica. Nos miran atentamente. Miran nuestras vaginas y las comparan, y me entran ganas de pedir que pongan un espejo para poder mirar también porque nunca he visto a una mujer como ellas. Mboi mantiene mis labios separados con una mano y con la otra me toca con curiosidad. Me pasa los dedos por todos los rincones del coño y me mete el dedo anular por la vagina. Sorprendida intenta hacer lo mismo con la otra chica pero está infibulada y no puede, le hace daño. Vuelve a poner la mano en mi coño, me mete de nuevo el dedo por la vagina y su pulgar acierta a ponerse sobre el clítoris, y noto que me estremezco y se me ponen los pezones duros. Nunca antes me había tocado una mujer. Siempre me había preguntado si sentiría lo mismo que con la mano de un hombre pero nunca hasta ahora había tenido los dedos de una mujer en mi coño.
La chica que me había tocado las tetas se fija en mis pezones erectos y se los muestra a las demás, que se sorprenden de las reacciones de mi cuerpo ante las manipulaciones de Mboi. La chica me toca los pezones, sorprendida por su dureza los aprieta y al ver que eso los pone todavía más duros se los lleva a la boca y los mordisquea, primero suavemente y cada vez con más fuerza. Noto la humedad en mi coño. Mboi también la nota, y mueve sus dedos para sacarlos de mi vagina pero cuando saca sus dedos y los ve mojados se los huele, y prueba la humedad con la punta de su lengua. Las otras chicas también le huelen los dedos y se los lamen, y la chica que estaba tumbada junto a mi se incorpora y acerca su cara a mi coño mirándolo con curiosidad. Noto que me palpita la vagina y que se abre ansiosa. Mboi vuelve a pasear sus dedos por mi sexo y vuelve a lamérselos, y entonces acerca su cara a mi coño y lo olfatea, y saca la lengua, y cuando pasa la punta de la lengua por mi clítoris no puedo evitar un gemido silencioso. Mboi vuelve a pasar la lengua por el clítoris y vuelvo a gemir, y entonces lo coge con los dientes y comprueba que mis gemidos son más largos. Mete entonces un dedo por mi vagina y lo mueve, luego mete otro, y otro, y oro sin dejar de moverlos, sorprendida porque mi vagina se abre cada vez más. Estas mujeres nunca han visto un clítoris ni una vagina abierta. Hablan en susurros y otra de las chicas me mete suavemente un dedo por el culo y lo mueve como hace Mboi con sus dedos en mi vagina. No puedo dejar de gemir y la chica mete otro más. Mboi apoya su dedo pulgar, el único que no me está penetrando, en mi clítoris y tengo un orgasmo paralelo al de Lorena, que está gritando sin ningún pudor. Yo no grito, no emito ningún sonido, pero me agarro con fuerza al colchón y noto las contracciones de placer de la vagina y del culo que aprietan los dedos que me siguen penetrando hasta que mi cuerpo deja de estremecerse. Abro entonces los ojos y veo a Mboi que me mira fijamente con la cara llena de lágrimas.

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