El Inicio
Sucumbí a mi destino de forma espontánea e inesperada, como ocurren las mejores cosas que nos pasan en la vida. Yo debía tener unos 17 años. Fue en una playa de Fuerteventura, a mediodía. Kilómetros de arena pálida y solitaria.

Yoko (Caníbal 2)
Enseguida te vienen a la cabeza escenas de meñiques seccionados, japos con gafas de sol que sacan una pistola de la sobaquera y ese tipo de cosas.
La primera imagen que me formé, por lo tanto, fue la de una señorita de poca estatura enfundada en un rígido kimono, caminando a pasitos muy cortos mientras provocaba un rumor de sedas antiguas y venerables. En mi imagen, la dulce muchacha llevaba las manitas ocultas en las mangas y sonreía mucho, aunque llevaba una espada de samurai afilada y reluciente oculta en algún pliegue de la ropa. Su rostro, metódicamente maquillado de un blanco impecable, giraba lateralmente de forma muy graciosa, como una mantis, y de su diminuta boca, pintada como una cerecita sonriente, salían tintineantes advertencias.
Por todo eso, cuando abrí la puerta y Yoko me dio la mano sin dejar de sonreír, como si fuera una azafata bien adiestrada, yo me quedé un tanto desconcertado. Ya me habían advertido que estudiaba derecho internacional, que sólo hablaba inglés, que era muy simpática y que estaba muy solicitada. Yo me había mostrado reticente cuando me informaron de que Carmen, la de siempre, la que sabe lo que me gusta, y cómo y cuando, estaba de vacaciones y que iba para largo. Así que bueno, ahí estábamos. Yoko y yo.
Se guardó el dinero en un diminuto bolso de plástico amarillo, con un gesto muy gracioso de su pequeña mano. "Casa muy bonita, yo gusta", dijo, riéndose. No paraba de reirse, era muy agradable. "Yo empiesa ahola, sí", decidió. Me indicó por gestos que me sentara en el sofá, se colocó unos auriculares diminutos y empezó a bailar, sin demasiada gracia aunque con encomiable entusiasmo, mientras se marcaba un striptís (ahora se escribe así). Casi no me dio tiempo a recuperarme de la sorpresa que me causó el tamaño de sus tetas, porque Yoko, cuando se terminó la canción, se abalanzó sobre mi bragueta como si alguien la hubiera empujado por detrás. Antes de que pudiera recuperarme del sobresalto me había sacado el pájaro y lo estaba cubriendo con un condón de color rosa que olía a chicle de fresa.

Fue como si hubiera metido la polla, por accidente, en el orificio de un aspirador industrial. Yoko enía un estilo entusiasta, por decirlo así, y giraba la lengua alrededor del glande con una pericia y un vigor encomiables. Era una lengua sobrehumana, como un animalito joven y bien adiestrado. Al mismo tiempo me sujetó los huevos con sus deditos delgados, cuyas uñas, larguísimas y pintadas de dibujitos hechos con purpurina, rozaban la piel como una suave amenaza. Tal vez algún cliente, asustado por su estilo vehemente, hubiera intentado escapar sacando la polla de allí.
Yoko hacía un ruidito muy curioso, como de lechoncito mamando, y movía la cabecita adelante y atrás con mucha suavidad. En aquel momento me entró un tremendo arrebato de ternura. Era una chica encantadora, y su pelo olía muy bien, como a jazmín. Antes de correrme le acaricié la nuca. No pude evitarlo. Hacía mucho que no me corría así. Hasta ví estrellitas y me mareé un poco. Yoko se levantó, sonriente y guiñando los ojitos, muy satisfecha. "¿Tu gusta?", dijo. Era una preciosidad. En aquel momento me di cuenta de que no me daba la gana de que se lo hiciera nunca a nadie más. Pensé con cierta ternura lo pequeña y frágil que se vería en el doble fondo de la furgoneta, y tomé nota mental de que debía llevarme el libro de cocina, porque no recordaba la receta de la lengua de vaca a la vinagreta.

Lengua de vaca a la vinagreta:
Hervir una lengua de vaca en abundante caldo con sal y verduras hasta que quede tierna.Retirar del caldo, escurrir y entibiar.
Pelar toda la lengua, y retirar adherencias. (Hay quienes vuelven a darle un hervor luego de sacarle la piel)
Ya limpia, cortar en rodajas finas y preparar la vinagreta con ajo, perejil y huevo duro, bien picaditos, además del aceite y el vinagre. Esta vinagreta cubre las rodajas de lengua, que se colocan en una fuente de vidrio , luego se tapa y se lleva a la nevera hasta poder servir como fiambre.
En ciertas zonas, la salsa se completa con cebolla picada y trocitos de aceitunas.
P.D. Usad un pellizquito de cilantro, es el toque magistral.
La mayoría de las mujeres, en el fondo, quieren conquistar al macho dominante de la manada. Eso les da seguridad y prestigio, a ellas y a la prole. Y no me refiero al más chulo. La chulería suele ser sinónimo de inseguridad latente. Pero aparte de eso, algunas mujeres buscan en su pareja a un padre, y otras a un hijo. La mayoría son niñas perdidas o madres frustradas, en mayor o menor grado. Y los tíos igual, o peor. Generalmente mucho peor. Hay pocas personas que estén capacitadas para amar sin involucrar sus neurosis en el asunto. Las madres frustradas acaban cansándose de su papel antes que las niñas perdidas. De hecho, leí que aquello que nos atrae inicialmente de una persona es lo que acaba hartándonos. Es como adoptar un cachorro.
Al principio resulta exótico y entrañable. Incluso estimulante, ya sabéis. Alivia, para entendernos. Pero sólo al principio. Cuando te das cuenta, el cachorro se ha vuelto caprichoso y egoísta. Muy egoísta. Y encima se te quiere follar.
Las que buscan a su padre también suelen cansarse, tanto las que buscan a un padre amable y protector como las que buscan a un padre autoritario. En fin, qué os voy a contar.

A C.C. la seduje dándole lo que ansiaba. Bueno, lo que ella creía que ansiaba. En realidad casi nunca deseamos de verdad lo que creemos que deseamos. Lo que buscamos es aliviarnos de nuestras neuras. Ella quería que volviera su padre. En fin.
Me convertí en su padre, y el día que conseguí llevarla a mi casa le hice uno de mis masajes especiales. Hay que empezar lamiendo los dedos de los pies y después el empeine, e ir subiendo por las pantorrillas, en sentido helicoidal Con las manos bien untadas de crema hidratante le masajeas los músculos, pero los dedos deben ir al mismo ritmo que la lengua. Eso es esencial. Sin prisas. Si hace falta una hora te tiras una hora, pero sin prisas. Recorriendo la piel como una patria reencontrada, o como una peregrinación. Que se note que es hermoso para ti, porque eso se transmite. Es aconsejable detenerse detrás de las rodillas. Para cuando llegas al clítoris se corren enseguida. Las velas y la música suave son indispensables, y también la temperatura elevada en la habitación.
Por cierto, ¿sabéis qué parte del cuerpo humano se comen primero los tigres devoradores de hombres? Los glúteos y la parte de atrás de los muslos. Músculos voluminosos y bien fibrados.

B.M. Caníbal 4
B.M. me volvía loco. Era una de las personas más inteligentes que he conocido, y las personas inteligentes me gustan mucho. A muchas me las he comido sólo por eso, por su inteligencia.
Sus padres tenían un montón de pasta y ella se pasaba el día drogada, pero era un auténtico portento.
B.M. No buscaba un padre ni un hijo, era de las que buscan un gato. Sí, ya sabéis, alguien que esté con ellas pero sin dar la lata. Alguien independiente. A B.M. le fastidiaban los llorones, y era un mal asunto porque se pasaba el día follándose tíos que después querían monopolizarla, más que nada para seguir follándosela en plan exclusivo. Le gustaban los de gimnasio, preferiblemente impulsivos, pero sólo para catarlos. No repetía casi nunca, y eso que padecía una especie de furor uterino y se pasaba el día acosando a la gente para acostarse con ella.
Si tenía el día excéntrico se lo hacía con alguna tía, para cambiar de aires.

Tuve que tragar mucho y jugar fuerte, pero al final me convertí en indispensable para ella. Ni os imagináis cómo puede llegar a querer a su gato una persona como B.M., que en el fondo no soportaba a las personas.
Y entonces me volví mezquino y egoista, como los gatos. Un auténtico déspota.
No fue por crueldad, no os vayáis a creer, fue por pura coherencia. Yo ya estaba metido en el papel, y si hubiera actuado de otra forma B.M. se hubiera decepcionado.
Me pasaba el día follándomela. Me encantaba hacérselo por detrás, porque su culo era prácticamete perfecto. Cuanto más a lo bestia se lo hacía más le gustaba a ella. Era la primera vez que un tío la dominaba, y eso la trastornaba. Intentaba ser cruel conmigo y hacerme daño.

Se follaba a un tío al que yo conocía, o se la chupaba a algún amigo común, y entonces yo desaparecía. Al cabo de un par de días ella venía a buscarme, arrastrándose y suplicando, hasta arriba de mescalinas, que era lo que se metía. Peyote mexicano, etiqueta negra. Si es del bueno no crea adicción, y es la droga de los dioses. Hasta los aztecas lo usaban para sus rituales.
En fin, si habéis visto alguna vez a alguien buscando a su gato desaparecido, realmente angustiado, ya me entenderéis si os digo que después de aquellas reconciliaciones eché los mejores polvos de mi vida. Ella se abría para mí como una flor.
Lubricaba tanto que ponía perdido el sofá de cuero, y a veces tenía unas contracciones vaginales tan violentas que hasta me hacían daño en la polla. Yo me volvía loco con ella. Le metía los dedos en el culo y en la boca. Una vez se me fue la mano y estuve a punto de arrancarle una oreja de un mordisco.

Hasta le di por culo en una playa de Ibiza, con la polla llena de arena, mientras la masturbaba y le susurraba cositas al oído. Versos de Benedetti, sobre todo.

Ella se corría enseguida y después se ponía a llorar, me abrazaba y me acariciaba los cojones con su manita. La verdad es que al final B.M. estaba ya muy mal. Pero me acuerdo mucho de ella, aunque yo sólo fuera un gato egoísta.
Photos by Lycos
Una recomendación para el sofrito: Si añadís una cucharada sopera de paté de foie le daréis un toque estupendo.
Nunca supe si era por su corpulencia o porque era cierto que podía tumbar una nevera de una patada. Tampoco tuve huevos de preguntárselo, así que me quedé con la duda.
A Helga y a su prima, que también se llamaba Helga, las conocí en la despedida de soltero de mi amigo Fernando. A mí la que me gustó fue la otra, la Helga pequeña. No es que fuera pequeña, era bastante normal, pero al lado de su prima, de la nevera, parecía un gnomo o algo así. Bueno, ella y cualquiera. La nevera había sido campeona de halterofilia, pero se jodió una rodilla y se metió en el asunto del cine porno y de las despedidas de soltero. Decía que no valía para estar detrás de una mesa. Prefería levantarlas a peso, con su prima encima. Hicieron un número cojonudo, rollo dominanta y tal.
Pero bueno, lo que os decía, a mí me gusto la prima, la pequeña. Le di con disimulo mi número de teléfono y le dije que si quería hacerme un pase privado le pagaría lo que quisiera. Al día siguiente se presentó en casa, con su carita de turista despistada y una minifalda de cuero pasada de moda. El día antes me había puesto tan cachondo que se la metí por detrás en en recibidor mismo, levantándole la faldita, mientras ella se apoyaba en el escritorio de madera de raíz de cerezo que me legó mi madre. No le dio tiempo ni de guardarse en el bolso los 500 euros y ya estaba amorrada contra el espejo, arriba y abajo, aguantando mis empujones.
Al día siguiente empezaron mis problemas, porque apareció la nevera en mi casa. Bueno, venían las dos, aunque yo sólo vi a la pequeña. La nevera estaba a un lado de la puerta para que yo no la viera por la mirilla. Cuando abrí, la nevera me agarró del cogote y me levantó un palmo del suelo. Me dijo algo acerca de haberme follado a su prima con mi polla de maricón, o algo así. No lo entendí muy bien porque ella hablaba un español muy raro y además yo me estaba ahogando. Cuando vio que me estaba poniendo lila y que empezaba a babear me soltó. Me pegó un discurso rarísimo, mientras agitaba el índice delante de mi nariz. Después le pegó una colleja a a enana y la sacó a empujones del piso. Y ahí empezó mi drama. Por lo que entendí, la nevera decidía con quién se acostaba su prima, y me dijo que ahora yo debía hacérmelo con ella y pagarle otros 500. Yo estaba flipando, y además seguía sentado en el sofá intentando tomar aire. La nevera se desnudó sin hacer numerito ni nada y sacó una bata con volantes de una bolsita del supermercado. Después apagó las luces y empezó a bailar.
La verdad es que la tía tenía bastante gracia para moverse y una enorme sensualidad natural. Tenía verdadera disctinción, para entendernos. Y eso no se aprende. Era una mujer muy femenina atrapada en un cuerpo demasiado grande. Aunque una vez desnuda era mucho más proporcionada de lo que me había parecido el día antes. Al final me agarró en brazos, me puso el condón y ella misma se metió la polla sin que yo llegara a tocar el suelo. Me manejaba como si yo fuera un artefacto comprado en una tienda, y eso que peso casi 80 kilos. Fue algo bellísimo. Me abandoné al cataclismo natural, a la fuerza de la naturaleza que era la nevera. Cuando se corrió pegó un grito y me apretó contra sus pechos. Yo acabé llorando de emoción. Nunca me había sentido tan resguardado y tan a salvo con una mujer.
Nos hicimos muy amigos. A mi me gustaba hablar con ella. Me interesaban de verdad sus cosas, porque ella me gustaba de verdad. Nos íbamos al barrio viejo a tomar copas de vino. Me hablaba de sus padres y de su infancia, y al final me tomó mucho afecto. Una vez le partió la mandíbula e un codazo a un segurata que me pegó un empujón. En serio, al tio le quedó la barbilla justo debajo de la oreja.
Las cosas se jodieron por culpa de un peluche. En serio, un peluche. Uno que tenía su prima y que usaba para los numeritos. Era muy grande, y la prima hacía como que se lo tiraba. Eso mi me ponía a cien. Y la prima estaba celosa de la nevera, eso era lo malo. Celosa en plan profesional, quiero decir. Estaba acostumbrada a ser la estrella. En fin, un día la prima apareció en casa con el peluche. Yo aguanté dos minutos justos antes de tirarme sobre ella.
La nevera se enteró, porque su prima le fue con el cuento, claro. Era muy arpía, la enana. Logré salvar la amistad con la nevera, y con la arpía de la enana probé el wok que me regaló mi madre.
Un postre fácil y simpático: Pelad una naranja fría, colocadla en un plato de postre o un tazón y bañadla en chocolate negro fundido. El contraste de temperaturas y sabores es una delicia.
Caníbal 6 (Mi prima Vero)
Mi prima Vero era la tía más cerda que he conocido nunca. En realidad somos primos segundos, pero solíamos pasar los veranos juntos en casa de mis tíos y nos queríamos mucho. Por aquel entonces se nos despertaban ya las hormonas, y se supone que debíamos haber sido nosotros los que la persiguiéramos a ella, que a los 14 años ya estaba buenísima. Al fin y al cabo los chavales tienen como 15 veces más testosterona a los 14 que a los 40. Y sí, es cierto que nos pasábamos el día hablando de tías y haciéndonos pajillas, pero es que mi prima era la leche. Si te descuidabas te acorralaba y te metía mano. Le encantaba tocarnos la pollita. Nos decía "espera, espera", y nos la toqueteaba mientras sonreía con los ojos cerrados.
Un par de veranos después empezó a ir con los chavales del pueblo, de 17 ó 18 años, y fue pasando de nosotros. A veces nos la encontrábamos en una terraza del paseo marítimo, rodeada de chavales que ya tenían moto y que la rodeaban como lobos babosos. A ella le encantaba ponerlos cachondos. Por la noche se la llevaban a la playa.
Yo debía tener como 17 años el día que me prima me pidió que le meara en la cara.
Yo me enamoré de ella, claro.
Después de aquello no volví a verla en mucho tiempo. Ella empezó a dedicarse a lo que le gustaba en plan profesional, se fue a Madrid y pasó de mi y de todos.
Salió en revistas y acabó haciendo alguna peli. "Meadas calientes" es la más conocida, igual os suena.

Conseguí su número y la llamé, una vez que fui a Barcelona. La tía me quiso dar esquinazo, en plan borde. Supongo que ya tenía quien le meara encima. De todas maneras me presenté en su casa con una botella de vino. Tenía una mierda de cerradura, tal y como me había imaginado. Siempre había sido muy agarrada con el dinero. En fin, la verdad es que ni siquiera me caía bien.

K.T. estaba enamorada de un italiano. Un tío alto de pelo engominado y barba de dos días. Se vestía muy bien, el cabrón, y era cinturón negro de karate. Tenía malas pulgas, y tal. Era un protomacho, un macho alfa. Genéticamente diseñado para cubrir a las hembras de la manada. K.T. tenía mucha personalidad, pero había decidido someterse a aquel imbécil. Ella era así, muy cerebral incluso para perder la cabeza, y le había elegido a él para que hiciera con ella lo que quisiera. El "amour fou", que decía. K.T. tenía una visión romántica del asunto. El tío acabó pasando de ella y se lió con una azafata belga.
Por aquel entonces K.T. y yo éramos muy amiguetes. Me invitaba a su apartamentito y bebíamos cerveza en silencio hasta que empezábamos a ver doble. Ella aguantaba más que yo, así que casi siempre acababa tapándome con una manta y dejándome dormido en el sofá. A veces me besaba en la frente. Nunca hablábamos mucho. Cuando estaba jodida no le gustaba hablar, pero tampoco le gustaba estar sola. Yo estaba con ella, mirando al suelo y bebiendo cerveza hasta que veía doble. Creo que me enamoré de ella.
Un día, K.T. se fue al apartamento del italiano y empezó a llorarle y a decirle que no podía vivir sin él. Me contó que llevaba un vestido de Prada y guantes de cuero. El italiano no se resistía a las tías vestidas de prada y con guantes de cuero. Mientras el tío se la estaba follando, K.T. le hizo una llave de judo y le aprisionó el cuello con las piernas. Por si no lo sabéis, tardamos unos 15 segundos en perder el sentido si nos cortan el riego sanguíneo que va a la cabeza. Más o menos, porque depende del tamaño del cerebro y de las pulsaciones, aunque cuando te agarran el cuello y te estrangulan lo normal es que te pongas nervioso y se te disparen las pulsaciones. Cuando el italiano se desmayó, K.T. lo tiró por el balcón. El puto italiano acabó con la cabeza incrustada en el techo de un Lancia Delta Integrale. Una pena, porque era un coche cojonudo que ya no se fabrica.K.T. se volvió a poner las bragas sin quitarse los guantes y se dio el piro.
Al día siguiente me lo contó todo mientras bebíamos cerveza. Lo hizo para justificarse, porque pensaba volverse a Londres. Yo me puse muy triste. K.T. me caía demasiado bien como para comérmela, así que le pregunté si podíamos acostarnos juntos. Ella me dijo que sí con la cabeza, con los ojillos brillantes, y me di cuenta de que hacía tiempo que tenía ganas y que no se había atrevido a pedírmelo. Nos tiramos horas casi sin movernos, y ella me lamía en el cuello muy dspacito y me acariciaba la cabeza. Me dijo que le gustaba mucho el sabor y el tacto de mi piel. Fue uno de los mejores polvos de mi vida. Al día siguiente la acompañé a Barajas y nos despedimos con un apretón de manos. Mientras desaparecía por la puerta de embarque, con aquel paso tan decidido, casi me arrepetí de no habérmela comido.
Ahora está en Ibiza, creo. A veces me manda postales. Es un cielo de chavala y espero que le vaya muy bien.

Para compensarlo decidí comerme a la azafata belga, aunque eso es otra historia.

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