La revolución francesa
Colaboración de Luna
Lo sacaba del estante, lo miraba y me sentaba en el pico de la silla.
El cuerpo de la mujer era un arco del que sobresalían los hermosos pechos, el pezón rojo en la piel blanca, la melena despeinada hasta el suelo.
El hombre la sostenía con el brazo izquierdo, y la mano derecha entraba misteriosamente en el vestido.
Era mirarlo y encenderme, sentir como un vacío, un ansia, un calor. Suavemente me movía hasta la culminación, con la imaginación perdida en el tacto de aquellos dedos, y luego me sentaba en el sillón con los ojos cerrados.
Un día el libro de La Revolución Francesa voló por la ventana.
Tenía catorce años. Iba a un colegio de monjas.
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